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Antioco III El Grande



BIOGRAFÍA DE Antioco III El Grande:

Nombre real: Antíoco III el Grande
Nacimiento: ?, 242 a.C.-?, 187 a.C.
Reinado: 223 a.C.-187 a.C.
Lugar de Nacimiento: N/D


La reconstrucción del Imperio. A. sucedió en el trono a su hermano Seleuco III Keraunos. En este momento en Grecia se disputaban la hegemonía las tres grandes potencias helenísticas: Egipto, Siria y Macedonia, mientras que las ligas etolia y aquea se mantenían independientes y otros Estados como Esparta y Epiro pasaban por épocas de crisis. Al comenzar su reinado, su aspiración máxima era la de llevar el Imperio sirio a la situación en que se encontraba en la época de su fundador Seleuco y de Antíoco. La labor era difícil, ya que el reino se encontraba en un estado de descomposición: Bactriana y Partía estaban separadas, parte de Palestina, Fenicia, Celesiria, Cilicia y Casia se hallaban en poder de los Ptolomeos, y los jefes de las satrapías orientales de Media y Persia se habían sublevado; por otro lado, las ciudades griegas de Asia Menor amenazaban con sus deseos de independencia y los príncipes hindúes de la dinastía Maurya codiciaban el Irán oriental.

Antíoco III comenzó por reprimir los levantamientos en las provincias orientales; luego, aprovechando la crisis de Egipto durante el reinado de Ptolomeo IV Filopator, reconquistó la Siria meridional, obteniendo cierta hegemonía marítima. Sin embargo, poco después los egipcios le vencieron en Rafia (217 a.C.), volviendo a arrebatarle los dominios de Siria meridional. La paz firmada entonces no fue muy dura para A., lo que le permitió reanudar poco después su labor reorganizadora con mayor número de fuerzas. Esta vez decidió reconstruir la parte asiática, prescindiendo por el momento de los acontecimientos occidentales; así, en el 205, emprendió una campaña hacia las regiones más orientales, y, durante siete años, creó en Oriente una zona de seguridad con Estados vasallos incorporando a su reino la Armenia, la Partía y la Bactriana, cuyos reyes Arsaces II y Eutidemo le reconocieron como su señor. Ya en la India, intentó reconquistar el Punjab sin conseguirlo, pero pactó con algunos de los príncipes del Indo, como Sofagaseno, un tratado que le supuso grandes ventajas económicas, pues además del rico botín y de los elefantes con los que nutrió su ejército, quedaban bajo su dominio las regiones del tráfico caravanero de Asia central.

En estas hazañas en Oriente hay que buscar, quizá por parte de A., el deseo de una emulación o al menos continuación de las efectuadas anteriormente por Alejandro Magno. Ellas le dieron un gran prestigio entre sus contemporáneos y le valieron el sobrenombre de Grande, Sin embargo, A. no abandonaba sus ambiciones en Occidente. Cuando en el 205, muerto Ptolomeo IV Filopator, subió al trono de Egipto un niño, Ptolomeo V Epífanes, los reyes de Siria y Macedonia aprovecharon ese momento para hacer una alianza por medio de la cual pudieran repartiese las posesiones marítimas de los Ptolomeos. A su vez, Filipo V había pactado también con Cartago ante la amenaza de Roma, y así el plan consistió en asegurar a A. el dominio de Asia anterior y Mediterráneo oriental, a Filipo el del Egeo, y a Cartago el del Mediterráneo central y occidental. En este momento, Roma interviene por primera vez en Asia como libertadora de los griegos, desarrollándose la segunda guerra Macedónica y venciendo a Filipo V en Cinoscéfalos (197 a. C.).

Mientras tenían lugar estas luchas, A. emprendió sus campañas reconquistadoras, apoderándose - de la Celesiría y algunas plazas fenicias; en el 197, avanzó hacia Asia Menor y en el 196 ocupó el Quersoneso hasta Éfeso, que también conquistó junto con las villas de Sesto y Lisimaquia, en Tracia, cuya posesión reivindicaba como heredero de Seleuco Nicátor. En el 195, A. hizo un pacto con Egipto, por el cual Ptolomeo V renunciaba a sus posesiones en Siria, Asia Menor y Tracia, casándose además con Cleopatra I, hija de A.

El enfrentamiento con Roma. Aunque el programa político de A., estrictamente oriental, no buscaba desafiar a Roma, sus ambiciones sobre Tracia, la única que le interesaba en el continente europeo, le llevaron al conflicto con la nueva potencia mediterránea que no podía consentir que los estrechos y el reino de Pérgamo cayeran en poder de A., ya que esto hubiera supuesto la pérdida de su hegemonía marítima. Así, cuando las ciudades de Lámpsaco y Esmirna, que veían amenazada su libertad ante la presencia siria, acudieron a Roma, ésta se apresuró a detener las ansias de expansión de A., imponiéndole condiciones. Éstas fueron: abandonar las villas de Asia que habían pertenecido antes a los Lágidas o a Filipo, dejar libres las ciudades de Asia Menor y no mezclarse en los asuntos europeos. A. se encontraba ahora en posesión de un gran imperio continental que se extendía hasta la India y Bactriana, además de poseer todas las costas del Mediterráneo desde Tracia a Palestina con excepción de Pérgamo y Rodas. Tenía, por tanto, una gran fuerza y estaba firmemente decidido a no retroceder. A ello le animaba Aníbal, que refugiado en su corte después de la segunda guerra Púnica, deseaba naturalmente el conflicto con Roma.

Pensando que lo único que detendría la expansión del poderío romano sería una gran coalición mediterránea, Aníbal aconsejó a A. que pactase con Filipo V y enviase después su flota al Mediterráneo occidental, prometiéndole la ayuda de Cartago, para luego atacar Italia. De otro lado, los etolios, descontentos con Roma porque no habían recibido ninguna recompensa por su intervención en Cinoscéfalos, llamaban a A. a Grecia, asegurándole su apoyo. A., a quien la política antirromana de Aníbal y la helénica de los etolios no interesaba más que en la medida en que pudiese servir a sus intereses inmediatos, intentó antes de la acción militar pactar con los romanos, pero conservando las plazas ya conquistadas. Esta insolencia por parte de A. y las gestiones de Eumenes, rey de Pérgamo y enemigo del seléucida, hicieron estallar la guerra (192 a. C.) que tuvo como escenario a Grecia. Dividida ésta en dos, apoyaban a Roma: Pérgamo, Bizancio, Rodas y la liga aquea; a A., únicamente la liga etolia, ya que Filipo V, temeroso de un nuevo enfrentamiento con Roma, se unió a ella, que de este modo agrupó a su alrededor una verdadera coalición helénica.

La lucha tomó así el aspecto de una guerra civil entre los griegos, que de esta forma perdieron la última ocasión de conservar su libertad. Comenzada la guerra por los etolios, A. desembarcó en Tesalia con 100.000 hombres, apoderándose de Calcis en Eubea, pero fue sorprendido y vencido por los romanos dirigidos por M. Acilio Glabrio en las Termópilas (191 a. C.), desde donde derrotado y perdida la mayor parte de sus hombres tuvo que embarcar hacia Asia, abandonando a su aliada la liga etolia, rápidamente disuelta por los romanos. Éstos, con la ayuda de Filipo, fueron hacia las costas de Macedonia para atravesar el Helesponto y llevar la guerra a Asia, donde A. había reemprendido la lucha invadiendo el reino de Pérgamo. Romanos y sirios volvieron a enfrentarse esta vez en el mar. A la escuadra romana, mandada por Livio Salinator, se unieron ahora rodios y pergamenses. La escuadra asiática dirigida por Polixénidas fue vencida en Córico (191 a. C.) y Mioneso (190 a. C.), quedando así para Roma el dominio del mar. El Senado romano encargó a L. Cornelio Escipión que llevase la guerra al continente asiático y, efectivamente, en el 190 a. C. éste atravesó Iliria y Macedonia, y se dirigió por Tracia al Helesponto. A., entre tanto, había reunido todas sus fuerzas en Asia Menor y había equipado una nueva flota, confiando parte de ella a Aníbal. A finales del 190 o principios del 189, atacó al ejército romano y sus aliados en Magnesia de Sípilo, al nordeste de Esmirna, donde fue completamente derrotado. A., además de pagar una fuerte indemnización de guerra, se comprometió a evacuar Asia Menor y a entregar a Aníbal, que, perdidas ya todas sus esperanzas, huyó a Bitinia.

En el 188 a. C. se firmó la paz de Apamea, por la cual A. abandonaba todos los territorios asiáticos situados al oeste del Tauro, renunciaba a navegar por los estrechos y se comprometía a entregar 15.000 talentos, todos los elefantes de su ejército y reducir su flota a diez navíos. Los herederos del Imperio de A. fueron Rodas y Pérgamo, que junto con Filipo obtuvieron algunas ventajas territoriales. Roma renunció a ellas a excepción de las islas de Cefalonia y Zante en el Jónico. Derrotado A. y disuelta la liga etolia, la República romana no tenía ya en el mundo helenístico ninguna potencia capaz de hacerle frente. Si Cinoscéfalos le había proporcionado a Roma la Grecia europea, Magnesia le proporcionó Oriente; el poderío sirio quedó suprimido, y Roma afianzó su hegemonía sobre toda la Grecia europea. A., reducido a su corte siria y teniendo que pagar un fuerte tributo de guerra, se vio obligado a secularizar los bienes de algunos templos, lo que produjo, la irritación de las fanáticas poblaciones orientales. Cuando en el 187 se proponía saquear el templo de Baal en Elam, en Susa, fue asesinado por el pueblo. Le sucedió su hijo Seleuco IV
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