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Dinastía Aqueménida



BIOGRAFÍA DE Dinastía Aqueménida:

Nombre real: Dinastía Aqueménida
Fundada: Ciro II el Grande
Creacion: 550 a. C.


Historia de la dinastía. Esta dinastía representa la ascensión de los persas y la decadencia de los medos, que a partir de este momento son un pueblo de segundo orden entre los iranios. El primer rey de que tenemos noticias abundantes es Ciro, pero de 61 se dice en un texto acadio que era «hijo de Cambises, gran rey, rey de Ansan, nieto de Ciro, gran rey, rey de Ansan, descendiente de Teispes, gran rey, rey de Ansan, de una familia (que) siempre ejerció la realeza». Actualmente existe acuerdo sobre la descendencia real de Ciro, partiendo del antepasado Teispes, aunque N. Frye admite la necesidad de introducir otro Ciro por razones cronológicas. Parece que Teispes, hijo de Aquemenes, dividió sus dominios entré sus hijos: Ciro I, que gobernaría la parte occidental, y Ariaramnes, la oriental.

Sobre Ciro II (559-530) se ha tejido una leyenda. Heródoto dice que Astiages dio a su hija en matrimonio a Cambises, persa, y de este matrimonio nació Ciro, el cual fue mandado matar, pero se salvó gracias a un pastor. Tenemos aquí el ejemplo de la leyenda que se remonta a Sárgón de Acad y a Moisés y se continuará con Rómulo y Remo. En la misma Persia la encontraremos referida a Ardashir, el primer sasánida (v.). C. Tesias da un relato distinto, pero sea lo que quiera, es seguro que Ciro se subleva y conquista el reino de los medos (v.), tal vez con ayuda de Nabonido, rey de Babilonia (v. cIRO II, EL GRANDE).
El reinado de Cambises II (530-522), hijo y sucesor de Ciro, el Grande, fue una prolongación de la política de su padre. Para evitar rivalidades peligrosas mandó asesinar a su hermano Bardiya, nombrado por su padre administrador de las provincias orientales del Imperio. Inició la conquista de Egipto tomando las capitales de Menfis y Tebas y estableció guarniciones en los puntos más importantes del país: Dafne, Menfis y Elefantina.

Hoy puede considerarse superada la leyenda de la crueldad de Cambises en Egipto tal como la relata Heródoto. Una vez conquistado Egipto, Cambises regresó a Persia ante las noticias de la revolución de un pretendiente llamado Gaumata, mago que se hacía pasar por Bardiya. El usurpador se proclamó rey el a. 522. Su política fue la opuesta a la de Cambises, que tendía a una gran centralización. Gaumata condonó impuestos atrasados y quebrantó el poder de los templos. No sabemos si Cambises se suicidó o se hirió en un ataque de epilepsia. El ejército permaneció fiel a la dinastía y se puso al lado de Darío (v.), hijo de Histaspes, sátrapa de Partia. Desde el punto de vista dinástico la ascensión de Darío I (522-486) supone la quiebra de la línea directa de la sucesión, pero el poder se mantuvo dentro de la misma familia tribal, sucediéndole Jerjes I (v.). Los reinados de estos dos reyes suponen el momento de máxima expansión del gobierno persa y el comienzo de su retroceso en Occidente a causa de la contraofensiva griega subsiguiente a las primeras guerras Médicas (v.).

Cuando subió al trono Artajerjes I (4465-424), hombre de carácter débil, su hermano, sátrapa de Bactria, se sublevó, rebelión que terminó con la muerte del sublevado y de todos sus hermanos. Egipto se rebeló ayudado por Atenas, y la guerra que se desencadenó tuvo un comienzo adverso para los persas, pero al final éstos lograron derrotar a los rebeldes y apoderarse de la flota griega. Esparta y Atenas se separaron momentáneamente y al poco tiempo Cimón emprendió su ofensiva contra Persia, después de establecer una alianza con Esparta. Las victorias atenienses culminaron en la batalla de Salamina. La paz firmada significaba el retroceso de Persia, abandonando sus aspiraciones a dominar las ciudades de Jonia; las tropas persas no debían cruzar el Halis. Su política con Babilonia tendió a iranizar al país en todo lo posible, fomentando las distribuciones de tierras entre los iranios con un evidente desagrado de la población semita. La situación política se ensombreció con la revuelta del sátrapa de Siria y ciertas pérdidas en las fronteras orientales. La política de Artajerjes con el pueblo judío fue tan tolerante como la de sus antecesores. Los judíos permanecieron fieles al trono persa, iniciándose un nuevo periodo en la historia del judaísmo con la reforma de Esdras, con gran autonomía del sumo sacerdote y la reedificación del templo de Jerusalén. Este reinado acentuó los contactos culturales entre Grecia y el mundo iranio.

Después del breve reinado de Jerjes II (424-423), hijo de Artajerjes, subió al trono, en medio de revueltas, Okhos, con el nombre de Darío II (424-404). Durante su reinado, a pesar de la decadencia que se inició en Persia, la diplomacia aqueménida obtuvo brillantes resultados frente a Grecia, sumida en el conflicto de la guerra del Peloponeso (v.). La revuelta del sátrapa de Sardes, apoyada por Atenas, echó a Esparta en el bando a. Pero Arsitis y Pisutnes fueron aplastados por Tisafernes, quien utilizó mercenarios griegos en su labor represora. Los conflictos se reprodujeron en Media y en Egipto, donde la población indígena quemó los templos judíos, fieles colaboradores del gobierno persa. Éste pudo inclinar la balanza de la guerra del Peloponeso en favor de Lisandro.

Por esta época, las reinas persas alcanzaron gran poder e influencia. Lo mismo que Amastris, la esposa de Darío, llamada Parisatis, apoyó decididamente la candidatura de su hijo Ciro el joven logrando hacerle sátrapa de Libia, Gran Frigia y Capadocia. Todo este poder fue utilizado para afirmar su candidatura al trono, marchando hacia Babilonia dispuesto a suplantar a su hermano mayor Arsaces, pero en el camino recibió la noticia de la muerte de su padre y la ascensión al trono de su hermano con el nombre de Artajerjes II (404-359/358; v.). El proceso de descomposición del gran Imperio, evidenciado por la retirada de los Diez Mil, la rebelión de Egipto, las victoriosas campañas de Agesilao, era cada vez más patente. Sólo la corrupción de los griegos permitió al Gran Rey proclamar su paz, y su habilísima diplomacia siguió intrigando en las ciudades griegas, y logró recuperar Asia Menor.

En medio de tantos desastres, subió al trono Artajerjes III (358-338), hijo de Artajerjes II. Fue un rey capaz, pero cruel. Bajo su voluntad de hierro el Imperio volvió a adquirir un mando único y una cohesión que prolongó su vida unos cuantos años. Los sátrapas rebeldes que emitían su propia moneda, fueron sometidos de nuevo. Los príncipes de la familia real, causa de todas las intrigas, fueron asesinados en número de varias docenas; Atenas amenazada, Sidón tomada y Egipto reconquistado, después de una campaña victoriosa. Sin embargo, los días de los A. estaban contados. En Grecia se dividían las opiniones. Atenas, ante el peligro macedónico, buscaba el oro y la alianza del Gran Rey, siguiendo las consignas de Demóstenes, mientras que Esquines defendía la alianza con Macedonia para realizar la cruzada helénica contra el bárbaro persa. Aliado con Atenas, Artajerjes envió un ejército que obligó a Filipo (v. FILIPO II DE MACEDONIA) a levantar el sitio de Perinto. El mismo año que Filipo se aprestaba a asestar a Grecia el golpe definitivo, el Gran Rey era asesinado por Bagoas (338). La familia real fue casi exterminada, subiendo al trono Arses (338-336) y, envenenado éste, ascendió Darío III Codomano (336-330), cuyo reinado sería la lucha continua con Alejandro Magno (v.) quien pondría fin a la independencia de Persia y a la dinastía A.

Organización administrativa. Cultura. La dinastía A. dio a Persia su configuración definitiva como Estado y su política la resume Frye como una aspiración a crear un Imperio que englobase la múltiple variedad de los territorios y pueblos sometidos. El Rey de Reyes, título de los soberanos A., se consideraba rey de todos estos componentes étnicos, cada uno de los cuales tenía distintos gobernantes. Partiendo de una organización tribal, que se conservó operante durante casi toda la historia de la dinastía, el poder se fue centralizando, sobre todo a partir de Darío, pero sin llegar nunca a la fusión ni a la integración absolutas. Conocemos los esfuerzos de incorporación realizados por los soberanos persas, pero la integración de regiones de tanta tradición como la Jonia, la meseta de Anatolia, Asiria, Babilonia, Fenicia, Palestina, Egipto, Media, la Persis, la Bactria, las satrapías del Indo, tenía que ser, a la larga, un fracaso. No obstante, esta idea de un Estado universal constituye un legado de inmensas consecuencias recibido por Alejandro y después por Roma.

Sobre las ideas monárquicas a. confluyen tres corrientes distintas: la herencia de Asiria, las tradiciones iranias y las formas políticas de toda sociedad recientemente salida de una organización tribal primitiva. El carácter sagrado del rey es una herencia del Oriente Próximo, no una innovación irania. El rey que exige proskynesis (sumisión) a sus súbditos, es, al mismo tiempo, sacerdote y sacrificador, pero es dudoso que exigiera a sus vasallos que le adorasen como a un dios. La coronación del rey se hacía en Pasargada, donde, según Plutarco, el nuevo rey era iniciado por un sacerdote en un santuario, probablemente de Anahita; recibía el traje de Ciro y tomaba una comida de campesino. Se consideraba heredero al príncipe nacido después de la coronación. Parece cierto que los A. constituyeron un clan muy importante durante la emigración a la Persis, aunque racialmente no podemos considerarlos sin mezcla, dado el carácter de los harenes persas en los que entraron mujeres de muy distintos orígenes, principalmente elamitas.

La monarquía A. en sus primeros años no tuvo el cargo de visir, pero conocemos el de hazarapati, que, aunque militar, englobaba características de primer ministro. Alrededor del rey existía en la corte una nobleza cortesana, cada vez más numerosa, residente en la capital. Como elemento gobernante en las provincias tenemos a los sátrapas (v.). La corte no estaba fija en un lugar determinado, y el rey poseía palacios en distintas localidades. La capital tradicional fue Ecbatana (v.), pero a partir de Darío privó Susa (v.), aunque Ecbatana siguió conservando su importancia. Babilonia (v.) debió seguir siendo una ciudad muy importante, por lo menos hasta, Jerjes. De gran importancia para el gobierno a. fue su cancillería que tenía como lingua franca el arameo. El elamita se empleó en un ámbito restringido y el antiguo persa cuneiforme no desempeñó gran papel en la vida diaria, escribiéndose en cuneiforme sólo para asuntos reales. Las órdenes del rey se escribían por los distintos escribas en lenguas diferentes, según el destinatario, como vemos en Ester, 3, 12, a cada provincia en su propia escritura y a cada pueblo en su propia lengua.

Igual variedad que en la lengua parece que existió en la legislación, según nuestras fuentes, que dan por segura la permanencia de los derechos indígenas. En el Irán continuaron las viejas costumbres indoeuropeas: ordalías, juramentos y vinculaciones sagradas de los contratos protegidos por Mitra, igual que los juramentos lo estaban por Ahura Mazda. Órgano fundamental de la monarquía fue el ejército, formado principalmente por medos y persas, el cual sufrió modificaciones a lo largo de su historia. En la época primitiva el arma más distinguida era el carro de guerra, que perdió importancia en favor de la caballería y la infantería. La elite de este ejército estaba constituida por los inmortales, que probablemente fueron los destacamentos que ayudaron a Darío a conquistar el trono. Parece que la palabra inmortal es una mala traducción griega de la palabra persa que significa seguidor. En tiempos de guerra se acudía a levas que se ordenaban. en grupos de 10, 100 y 1.000, y en lanceros, arqueros y jinetes. Cada etnia llevaba sus armas y trajes regionales. Las armas nacionales eran el arco y una espada corta llamada akinakes. V. t.: PERSIA IV; DARÍO I, EL GRANDE; CIRO II, EL GRANDE; MÉDICAS, GUERRAS.


FOTOS DE Dinastía Aqueménida:


  






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