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George Washington



BIOGRAFIA DE George Washington

Nombre Real: George Washington.
Ocupación: primer Presidente de los Estados Unidos.
Nacimiento: 22 de febrero de 1732.
Lugar de Nacimiento: Virginia, Estados Unidos
.
Fallecimiento (†): 14 de diciembre de 1799 - Mount Vernon, Virginia.


George Washington nació el 22 de febrero de 1732 a orillas del río Potomac, en la finca de Bridge's Creek, en el antiguo condado de Westmoreland, en el actual estado de Virginia. Pertenecía a una distinguida familia inglesa, oriunda de Northamptonshire, que había llegado a América a mediados del siglo XVII y había logrado amasar una considerable fortuna. Su padre, Augustine, dueño de inmensas propiedades, era un hombre ambicioso que había estudiado en Inglaterra y que al enviudar de su primera mujer, Jane Butler, quien le había dado cuatro hijos, contrajo segundas nupcias con Mary Ball, de una respetable familia de Virginia, que le dio otros seis vástagos, entre ellos George.

Poco se sabe de la infancia del futuro presidente, salvo que sus padres lo destinaban a una existencia de colono y por ello no fue más allá de las escuelas rurales de aquel tiempo: entre los siete y los quince años estudió de modo irregular, primero con el sacristán de la iglesia local y luego con un maestro llamado Williams. Alejado de toda preocupación literaria o filosófica, el muchacho recibió una educación rudimentaria en lo libresco, pero sólida en el orden práctico, al que lo inclinaba su activo temperamento.

Ya en la temprana adolescencia estaba suficientemente familiarizado con las tareas de los colonos como para cultivar tabaco y almacenar las uvas. En esa época, cuando tenía once años, murió su padre y pasó a la tutela de su hermanastro mayor, Lawrence, un hombre de buen carácter que, en cierta forma, fue su tutor. En su casa, George conoció un mundo más amplio y refinado, pues Lawrence estaba casado con Anne Fairfax, una de las grandes herederas de la región y acostumbraba codearse con la alta sociedad de Virginia.

Un colono con vocación militar

Escuchando los relatos de su hermanastro, se despertó en él una temprana vocación militar y a los catorce años quiso hacerse soldado, aunque tuvo que desechar la idea ante la férrea oposición de su madre, quien se negó a que siguiera la carrera de las armas. Dos años más tarde comenzó a trabajar de agrimensor, como asistente de una expedición para medir las tierras de lord Fairfax en el valle de Shenandoah.

A partir de allí, las agotadoras jornadas en campo abierto, sin comodidades y expuesto a los peligros de la vida salvaje, le enseñaron no sólo a conocer las costumbres de los indios y las posibilidades de colonización del Oeste, sino a dominar su cuerpo y su mente, templándolo para la tarea que el futuro le reservaba. Pero de momento, aunque las preocupaciones políticas no le perturbaban (el joven Washington era un fiel súbdito de la corona inglesa), se sentía molesto por las limitaciones impuestas por la metrópoli a la colonización, ya que con su hermanastro proyectaban llevar sus negocios a las tierras del Oeste.

A los veinte años ocurrió un cambio decisivo en su vida, que lo convirtió en cabeza de familia. Una tuberculosis acabó con la vida de Lawrence en 1752 y George heredó la plantación de Mount Vernon, una enorme finca con 8.000 acres y 18 esclavos. Así, pues, pasó a ser uno de los hombres más ricos de Virginia, y como tal actuaba: pronto se distinguió en los asuntos de la comunidad, fue un activo miembro de la Iglesia episcopal y se postuló como candidato, en 1755, a la Cámara de los Burgueses del distrito. También sobresalía en las diversiones; era un magnífico jinete, alto y de ojos azules, un gran cazador y mejor pescador; amaba el baile, el billar y los naipes y asistía a las carreras de caballos (tenía sus propias cuadras) y a cuantas representaciones teatrales se daban en la región. Pero su vocación de soldado no había muerto, y entre sus planes figuraba ser también un brillante militar.

Por entonces, ingleses y franceses se disputaban el dominio de América del Norte, y la controversia sobre las rutas de la cabecera del Ohio había conducido a una extrema tensión entre los colonos. Washington se alistó en el ejército, y poco después de la muerte de su hermanastro fue nombrado por el gobernador Robert Dinwiddie comandante del distrito, con un sueldo de 100 dólares anuales. Ante las invasiones de los franceses por la frontera, en 1753 el gobernador le encargó la misión de practicar un reconocimiento en la zona limítrofe. A mediados de noviembre, Washington se puso en marcha al frente de seis hombres por el valle del Ohio, un país inhóspito, poblado de tribus salvajes y múltiples peligros. A pesar del frío y las nieves, pudo llevar a cabo la dura travesía hasta alcanzar Fort-Le Boeuf en Pennsylvania, una hazaña que comenzó a cimentar su fama.

Declarada en 1756 la guerra de los Siete Años, que para los colonos ingleses en América suponía la lucha por su expansión frente al predominio francés, Washington fue designado teniente coronel del regimiento de Virginia, a las órdenes del general Fry. Al morir éste en combate, le sucedió como jefe supremo de las fuerzas armadas del condado, pasando poco después a formar parte del estado mayor del general Braddock, que dirigía las tropas regulares enviadas por Inglaterra. El 9 de julio de 1755 se distinguió en la batalla de Monongahela por su coraje y capacidad de decisión, si bien ésta acabó en un desastre para los ingleses.

La derrota repercutió de tal forma en su ánimo que el joven militar se retiró a Mount Vernon con el firme propósito de no volver a tomar las armas. Pero no pudo llevarlo a cabo, pues los notables de Virginia le pidieron que se hiciera cargo de las tropas, a pesar de que sólo contaba con veintitrés años de edad. Washington conservó el mando entre 1755 y 1758, época en que también fue elegido como representante del condado de Frederic para la Cámara de los Burgueses de Virginia. Su nombre ya era popular, se le admiraba por su experiencia y tacto, y comenzaba a labrarse un sólido prestigio político interviniendo activamente en las deliberaciones de la asamblea.

Tras algunos sinsabores, desilusionado ante el curso de la guerra con Francia y la conducta de los comandantes británicos, Washington renunció a su cargo militar para regresar a Mount Vernon y al poco tiempo, el 6 de enero de 1759, se casó con Martha Dandridge, una mujer tan rica como bella, viuda del coronel Parke Custis y dueña de una de las mayores fortunas de Virginia. Poseía un gran número de esclavos, 15.000 valiosos acres y dos hijos de seis y cuatro años, que se convirtieron en la verdadera familia de Washington.

En Mount Vernon la pareja, unida más que por un amor apasionado por una armoniosa felicidad, llevaba la vida de los ricos propietarios, atentos a la prosperidad de sus tierras y al papel prominente que desempeñaban en la vida social de la región. Todo se hacía a lo grande, la ropa se compraba en Londres, las fiestas eran espléndidas y los huéspedes se contaban por cientos. Pero esta vida rumbosa se vería interrumpida por el vendaval político que pronto se abatió en la América del Norte.

La lucha por la independencia

El final de la guerra de los Siete Años, signado el 10 de febrero de 1762 por el Tratado de París, significó la renuncia de Francia a sus pretensiones sobre Acadia y Nueva Escocia y la posesión, por parte de Inglaterra, de Canadá y toda la región de Luisiana, salvo Nueva Orleans. Pero la discrepancia mercantil entre Londres y sus colonias aumentó a raíz de esta conclusión, pues el gobierno inglés consideró que todas sus posesiones habían de cooperar en la amortización de los gastos ocasionados por la guerra, ya que todas ellas se habían beneficiado de sus resultados.

De hecho, el déficit originado por la contienda era enorme, y en marzo de 1765 el parlamento inglés votó un impuesto que hirió los derechos tradicionales de las colonias, imponiendo el uso de papel timbrado para toda clase de contratos. Con verdadera ceguera política, al año siguiente impuso una serie de derechos aduaneros sobre el papel, el vidrio, el plomo y el té, que provocaron la indignación del mundo comercial norteamericano y la formación de ligas patrióticas contra el consumo de mercancías inglesas. A la vanguardia de las luchas que precedieron al estallido revolucionario habían de colocarse los aristócratas de Virginia y los demócratas de Massachusetts. Washington se sintió irritado por tales medidas, pero continuó considerándose un súbdito leal a Inglaterra y un hombre de opiniones moderadas.

En 1773 la población de Boston protestó contra los impuestos arrojando los cargamentos de té al mar. El hecho, conocido como el Boston Tea Party, acabó de abrirle los ojos a Washington y de volcarle hacia la defensa de las libertades americanas. Cuando los legisladores de Virginia se reunieron al año siguiente en Raleigh, él estuvo presente y firmó las resoluciones. En la primera legislatura revolucionaria de ese año pronunció un elocuente discurso declarando: «Organizaré un ejército de mil hombres, los mantendré con mi dinero y me pondré al frente de ellos para defender a Boston». Ya había dejado de ser un moderado cuando, vestido de uniforme, representó a Virginia en el Primer Congreso Continental que se celebró en Filadelfia en 1774. Sus cartas muestran que aún se oponía a la idea de la independencia, pero que estaba decidido a no renunciar a «la pérdida de los derechos y privilegios que son esenciales a la felicidad de todo Estado libre y sin los cuales la vida, la libertad y la propiedad se tornan totalmente inseguras».

Comenzadas las hostilidades entre ingleses y americanos en la batalla de Lexington, el 19 de abril de 1775, los autonomistas declararon sus anhelos de independencia frente a la corona inglesa. Todas las colonias se consideraron en guerra contra la metrópoli y, en el Segundo Congreso reunido en Filadelfia ese año, confiaron el mando de las tropas al plantador virginiano George Washington. Su elección fue en parte el resultante de un compromiso político entre Virginia y Massachusetts, pero también la consecuencia de la fama ganada en la campaña de Braddock y del talento con que impresionó a los delegados del Congreso.

El flamante jefe de las fuerzas coloniales se vio entonces frente a la arriesgada tarea de crear un ejército casi desde la nada y en presencia del enemigo. Al llegar a Boston se encontró con más de quince mil hombres, pero se trataba sólo de una masa confusa de insurrectos indisciplinados, divididos en bandas hostiles entre sí, a menudo en harapos y mal armados. Faltaban víveres y vituallas, y además, cada asamblea provincial dictaba órdenes a su capricho. Aquí demostró Washington sus brillantes dotes de organización y su incansable energía, disciplinando y adiestrando a los voluntarios inexpertos, reuniendo provisiones y llamando a las colonias en su apoyo. De esa forma organizó al ejército de Massachusetts, con el que pudo ocupar Boston y expulsar de Nueva Inglaterra a los ingleses del general Howe en 1776. Ese año, ante la llegada de nuevas tropas enviadas por la metrópoli, los americanos habían proclamado solemnemente la independencia de los Estados Unidos.

Washington había ganado el primer round contra las tropas de la corona, pero aún faltaban varios años de guerra en que los soldados americanos serían puestos al borde de la aniquilación. Entre los factores decisivos para alcanzar la victoria, en primer término figuraron su capacidad para infundir confianza a los soldados, su energía incansable y su gran sentido común. Nunca fue un genial estratega, ya que, como dijo Jefferson, «a menudo fracasó a campo abierto», pero supo mantener viva entre sus hombres la llama del patriotismo y escuchó siempre las opiniones de los generales a su mando, sin importarle dejar de lado su propio parecer.

Así, en un segundo momento, retiró sus tropas al sur y esperó la contraofensiva británica en Long Island, pero decidió retirarse debido a su inferioridad numérica respecto a Howe. Desde entonces, en Pennsylvania empleó una táctica de desgaste que le valió las victorias de Trenton y Princeton de 1776, aunque también las derrotas de Brandwine y Germantown del año siguiente. En retirada, contuvo a las fuerzas de Howe que avanzaban sobre Filadelfia. La ciudad no pudo resistir y cayó en manos del jefe británico, pero pronto los ingleses sufrieron un desastre considerable y el general Burgoyne fue obligado a capitular en Saratoga, el 17 de octubre, ante el asedio del jefe americano Gates.

Este éxito de la Revolución americana conmovió en Europa a los adeptos del enciclopedismo y a los partidarios del «hombre natural» de Rousseau. Voluntarios franceses como La Fayette, Rochaubeau y De Grasse, polacos como Kosciuszko y sudamericanos como Miranda, acudieron en auxilio de las huestes de Washington, que vio así facilitada su tarea. Después del terrible invierno de Valley Forge, donde se dedicó a adiestrar a sus tropas, pudo reanudar victoriosamente la lucha gracias a los refuerzos recibidos. El gobierno francés vio en el conflicto la oportunidad de vengar la derrota de la guerra de los Siete Años y, en 1778, firmó una alianza con los Estados Unidos, a la que se sumó al año siguiente Carlos III de España.

El auxilio de las tropas francesas fue tan eficaz que Washington pudo recuperar Filadelfia, sitiar Nueva York y dirigirse al sur para cortar el avance de lord Cornwallis, que iba al frente de once mil hombres, el grueso de las tropas inglesas. El 19 de octubre de 1781 éste se vio obligado a capitular, luego de caer prisionero con su ejército. Esta rendición provocó la definitiva victoria de los colonos y el reconocimiento de la independencia por parte de Inglaterra, antes de firmarse la paz en Versalles, el 20 de enero de 1783.

El constructor del Estado

En plena guerra, en 1778, el Congreso había promulgado la Ley de Confederación, primera tentativa para constituir un bloque homogéneo con los trece estados de la Unión. Pero esta fórmula política dio escasos resultados, pues la guerra y la posguerra exigían más un poder central fuerte que un gobierno sin atribuciones. En la cumbre del prestigio y la fama, después de los triunfos militares, Washington tuvo que hacer frente a los problemas de la reconstrucción nacional. Por un lado se negó a aceptar la corona que algunos notables le ofrecían, dedicándose a combatir la reacción monárquica de algunos sectores del país, y por otro proclamó la necesidad de establecer una constitución.

Su postura federalista, defensora de la implantación de un poder central eficiente que defendiera los intereses americanos en el exterior y equilibrara las tendencias partidistas de los territorios, supo conciliarse con la de los republicanos, partidarios de conservar la independencia política y económica de los estados. El acuerdo entre ambos grupos fue expresado por la Constitución del 17 de septiembre de 1787, la primera carta constitucional escrita que reguló la forma de gobierno de un país. Una vez más, las dotes de organización y dirigente de Washington hicieron que las esperanzas fueran puestas en él, y el Congreso lo eligió como primer presidente de los Estados Unidos en 1789.

La prudencia, la sensatez y sobre todo un respeto casi religioso a la ley, fueron las notas dominantes de sus ocho años de gobierno. Al elegir a los cuatro miembros de su gabinete, Thomas Jefferson en la Secretaría de Estado, el general Henry Knox en la de Guerra, Alexander Hamilton en la del Tesoro y Edmund Randolph en la de Justicia, Washington estableció un cuidadoso equilibrio entre republicanos y federales, el cual posibilitó la puesta en marcha del aparato que habría de coordinar y dirigir la administración del país. Para hacer frente a los graves problemas económicos por los que éste atravesaba, aplicó una férrea política fiscal y se esforzó por asociar los grandes capitales con el Estado, a fin de comprometerlos en la estabilidad de la nación. Con idéntico objetivo creó el Banco de los Estados Unidos y, a fin de promover el desarrollo industrial, dictó una serie de medidas proteccionistas que le valieron el apoyo de la burguesía.

Elegido para un segundo mandato en 1793, ante sus dudas fue Jefferson quien le convenció de que aceptara el cargo nuevamente. En esta segunda etapa de gobierno tuvo que abocarse a serios problemas, como el suscitado en el Oeste por la oposición a los impuestos sobre el aguardiente, que originó en 1794 una sublevación, conocida como Whiskey Rebellion, la cual fue reprimida por las tropas enviadas por orden del presidente.

Otro elemento de desgaste fue el choque entre Jefferson y Hamilton, motivado por la radicalización de la Revolución francesa y el conflicto armado que asolaba Europa. Mientras que el secretario de Estado se inclinaba por el apoyo de Estados Unidos a la Francia revolucionaria, el secretario del Tesoro defendía la neutralidad ante la contienda. Washington, que al principio había tratado de mantener la armonía entre ambos, apoyó, una vez declarada la guerra europea, las posiciones de Hamilton y se decidió por la neutralidad. No tardó mucho tiempo en declarar sus simpatías pro británicas, a pesar de la enorme deuda que su país tenía con Francia, y ello trajo como consecuencia el debilitamiento de las relaciones con esta nación. Thomas Jefferson, por su parte, manifestó su disconformidad abandonando el gobierno y, ya desde la oposición, se opuso al centralismo del presidente.
Así fue cómo la estrella política de Washington comenzó a declinar hasta ensombrecerse totalmente cuando se conocieron los términos de un acuerdo comercial firmado por Gran Bretaña, el Tratado Jay del 25 de junio de 1794, que provocó fuertes discusiones en el parlamento y una real merma de la popularidad presidencial. Aun así, fue elegido por tercera vez para ocupar el poder, pero en esta oportunidad se negó tajantemente, aduciendo que quería volver con su familia y a la paz de la vida privada. En realidad, le frenaba el miedo a la tentación dictatorial que desvirtuaría el origen democrático de su lucha por la independencia, y no dudó en regresar a su plantación de Virginia.

Los dos últimos años de su vida, ya en la declinación de sus facultades físicas, los dedicó a cuidar de su familia y sus propiedades, salvo una breve interrupción en 1798, cuando se le nombró comandante en jefe del ejército ante el peligro de una guerra con Francia. En el invierno siguiente, Washington regresó a su casa agotado por una cabalgata de varias horas, por el frío y la nieve. Una aguda laringitis lo llevó a la muerte el 14 de diciembre de 1799. El prohombre de la independencia, el que fue «el primero en la guerra, el primero en la paz y el primero en el corazón de sus compatriotas», enfrentó el final con su serenidad característica, la misma que le había permitido afrontar el peligro de los campos de batalla con absoluta tranquilidad. Como escribió Jefferson, era un hombre inaccesible al temor.


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INDEPENDENCIA DE George Washington:

  La independencia de los Estados Unidos

La independencia de las colonias inglesas en Norteamérica y el nacimiento de los Estados Unidos es uno de los acontecimientos históricos mas relevantes del siglo XVIII. La Constitución estadounidense, promulgada el 17 de septiembre de 1787, se convirtió en la primera Carta Constitucional escrita que regulaba la forma de gobierno de un país. Al poner énfasis en los derechos del individuo y al otorgar la soberanía al conjunto de los ciudadanos y no a un monarca, sentó las bases de la legalidad moderna.

Éste fue uno de los motivos que propició que la independencia de Estados Unidos se convirtiese en un símbolo de la lucha por la libertad de los pueblos y pasase a ser un punto de referencia para movimientos insurgentes posteriores, entre los que se contó la Revolución francesa. De la misma manera, la independencia de Estados Unidos demostró que era posible que los territorios colonizados se liberasen del yugo europeo. La nación norteamericana fue un punto de referencia para muchos líderes de América Latina. Tras alcanzar su independencia, muchas de las antiguas colonias españolas se inspiraron en la organización política de Estados Unidos para construir sus Estados: un ejemplo claro es el de México, nación que, cuando menos nominalmente, adoptó una estructura federal semejante a la de su vecino del norte.

  Antecedentes y causas

La revolución americana supuso la independencia de una de las más prósperas posesiones coloniales del siglo XVIII. Ubicadas a lo largo de la franja atlántica de América del Norte, las trece colonias que se vieron involucradas en las luchas independentistas fueron por el norte, Massachusetts (Nueva Inglaterra), Connecticut, Nueva Hampshire, Rhode Island, en el centro, Nueva Jersey, Nueva York, Delaware, Pensilvania y hacia el sur, Virginia, Maryland, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia.

La forma de gobierno que Inglaterra auspició en sus posesiones introdujo una embrionaria participación directa de la población en sus asuntos internos cuya autoridad recaía en las asambleas de ciudadanos. A mediados del siglo XVIII, la estructura social dentro de las colonias indicaba la ubicación en la cúspide del poder de una oligarquía territorial que a través de varias generaciones había controlado las asambleas ciudadanas, cuya ideología era profundamente conservadora. Pero a su lado comenzó a surgir una amplia y próspera clase media dispuesta a defender la tolerancia, el libre desarrollo de sus propiedades y el comercio ante las exigencias de la Corona. Este último sector, afincado especialmente en Boston, Nueva York, Filadelfia, Newport o Charleston, se convertiría en guía de la revolución promoviendo organizaciones secretas en las que adoptaron el nombre de "Hijos de la Libertad".

Las causas de la independencia hay que ubicarlas en diversos niveles. La más profunda de éstas apunta al cambio de mentalidad que experimentaron estos territorios con la oleada migratoria que llega de Europa entre 1700 y 1760. Este fenómeno iba a condicionar una sociedad con una marcada estructura religiosa pluralista, tolerante y desacralizadora del poder que facilitó la introducción del debate moral y ético en la actuación política.

Existe también una causa ideológica que se constata en la rápida recepción que se hace de los derechos naturales y las ideas ilustradas que más adelante nutrirían el movimiento independentista. El cultivo de una retórica basada en el mito, la leyenda y la historia completaron la interiorización de un espíritu localista. La última causa apunta a las transformaciones políticas y económicas que Inglaterra intentó introducir en sus colonias al concluir la guerra de los Siete Años con Francia en 1763.

El alarmante crecimiento de la deuda británica, como consecuencia de la guerra, condujo al rey Jorge III a decretar el aumento de las presiones impositivas sobre sus súbditos de Ultramar. En 1764 la subida que experimentó el impuesto sobre el azúcar, la autorización de pesquisa general dada a los agentes de aduanas para registrar los negocios en busca de contrabando, la creación del ejército permanente y la ley sobre el timbre fueron algunas de las medidas que provocaron la indignación de los colonos. Éstos convocaron asambleas con el fin de expresar su protesta y pedir al Rey su derogatoria.

Una de las asambleas más importantes fue la reunión de la Ley del Timbre celebrada en Nueva York en octubre de 1765. Allí los "Hijos de la Libertad" sentaron las bases para una acción coordinada ante la Corona y perfilaron los primeros derechos compartidos de las trece colonias. Aunque el Parlamento británico oyó el clamor que venía de su posesión americana y suspendió la ley del timbre, poco tiempo después esta misma institución votaba la "Declaratoy Act", una decisión que le reconocía el derecho de establecer impuestos ´externos´ a las colonias en todos los casos sin excepción. Amparado en este decreto, el Parlamento en 1767 aprobó tres leyes cuyas disposiciones gravaban el derecho de importación del té, el vidrio, el papel, el plomo y otros artículos que las colonias importaban.

  La rebelión del té

La "Declaratory Act" y el aumento de los impuestos volvieron a poner en pie de lucha a los colonos. Desde la asamblea más reacia a acatar los dispositivos reales, Massachusetts, se remitió una circular al resto de las colonias exponiendo los derechos de los colonos y proponiéndose el boicot al té inglés. El episodio conocido como la matanza de Boston de marzo de 1770, fecha en que unos soldados que resguardaban el puerto hicieron uso de sus armas y mataron a algunos colonos que protestaban contra el impuesto, agudizó el conflicto entre americanos e ingleses.

Los colonos se negaron a comprar el té de Inglaterra al confirmar el Rey dicho impuesto, por lo que decidieron importarlo clandestinamente de Holanda. Asimismo, en Charleston, Filadelfia, Boston y Nueva York empezaron a organizarse tumultos exigiendo que las embarcaciones inglesas retornaran a la metrópoli con sus cargamentos. El incidente del "té de las cinco" en Boston es otro acontecimiento que forma parte del anecdotario de la revolución. El 16 de diciembre de 1773 un grupo de colonos disfrazados de indios mohawk escalaron los navíos cargados de cajas de té y las arrojaron al mar con el beneplácito de la población.

En represalia por este acto de sabotaje, Jorge III hizo que el Parlamento votase la clausura del puerto de Boston y el traslado de la capital a Salem. Además ordenó aplicar la "Regulation Act" que anulaba la carta de Massachusetts y colocaba a la colonia bajo administración directa de Inglaterra. La asamblea de ciudadanos de la colonia sancionada declaró intolerables estas medidas y lanzó una llamada de auxilio al resto de las colonias. Todas apoyaron a Massachusetts y decidieron hacer un frente común contra Inglaterra.

Esta rebelión colectiva se materializó propiamente el 5 de septiembre de 1774 al constituirse en Filadelfia el primer congreso continental de los "Hijos de la Libertad". Este congreso no se propuso la independencia ni intentó dictar una legislación autónoma. Todavía dominado por los conservadores partidarios de la reconciliación con la Corona, la finalidad del Congreso fue demandar al rey Jorge III una rectificación por las injusticias cometidas con el aumento de los impuestos y el castigo a la colonia rebelde.

No obstante, de este congreso surgió un sector más radical, liderado por Samuel Adams, que decidió crear en Massachusetts asociaciones de patriotas cuyo objetivo debía ser oponerse por la fuerza a las agresiones inglesas si éstas continuaban. Massachusetts estableció así en la práctica un gobierno provisional dirigido por John Hancock, paralelo al constituido por los ingleses al mando del general Gage. Los leales a Adams y Hancock se organizaron y armaron para hacer frente a cualquier ataque realista en "compañías de emergencia".

El conflicto armado entre los rebeldes y los "casacas rojas" fue inevitable. Iba a ocurrir en las regiones donde Adams y Hancock se habían refugiado. El general Gage ordenó a un destacamento de tropas dirigirse a Lexington donde se sospechaba estaban ambos líderes. La famosa cabalgata del "patriota" Paul Revere hacia esta aldea anunciando la llegada de los ingleses permitió la huida de Adams y Hancock hacia el poblado vecino de Concord. Allí el 19 de abril de 1775 se produjo la batalla. Las tropas inglesas abatieron una "compañía de emergencia" que se interpuso en su camino, pero la llegada de nuevos refuerzos les hizo finalmente retroceder. A los pocos días de esta incruenta batalla, los patriotas iniciaron el asedio de la ciudad de Boston.

El pretexto para el estallido de la rebelión conjunta de las trece colonias se activó con los sucesos de Concord. Uno a uno todos los gobiernos leales al rey se derrumbaron y en su lugar los colonos constituyeron comités de emergencia. Pero aún el sentimiento de independizarse no era mayoritario. Esto lo confirma la actitud conciliadora que asumió el Segundo Congreso Continental, reunido en Filadelfia el 10 de mayo de 1775. A pesar de reconocerse el estado de guerra todavía se rechazaba el desconocimiento de la autoridad de Jorge III. Los congresistas decidieron remitirle una última petición, el "ramo de olivo", en señal de reconciliación siempre que rectificara las injusticias.

Al mismo tiempo proclamaron a George Washington jefe del ejército continental. Cuando Washington asumió el mando en Cambridge (Massachusetts) se encontró con un contingente que todavía no se recuperaba de la batalla de Bunker Hill del 17 de junio de 1775, la más sangrienta de la guerra revolucionaria, que pese a suponer la pérdida para los colonos de Boston infligió a las fuerzas inglesas grandes bajas.

La respuesta del rey al "ramo de olivo" fue negativa y dispuso el envío de refuerzos para acallar a los rebeldes. Esta actitud represora colocó al Congreso en la disyuntiva que el folleto publicado en enero de 1776 por Thomas Payne con el nombre de Common Sense resumió perfectamente: sólo quedaba la vuelta a la sumisión o la búsqueda de la independencia. Muchos congresistas comenzaron a tomar en serio esta última posibilidad. La tendencia a emanciparse totalmente del Rey iba a ser más pronunciada en Nueva Inglaterra y en los Estados del sur que en las colonias centrales.

  La guerra

El desarrollo bélico de la revolución tuvo una duración de cerca de siete años y atravesó por dos fases nítidas. La primera fase comprende las acciones realizadas por el ejército continental y las milicias patriotas entre el otoño de 1775 y el invierno de 1778, mientras que la segunda fase comienza con la constitución del ejército francoamericano que surge de la alianza defensiva que Estados Unidos celebra con Francia el 6 de febrero de 1778.

En lo que se refiere a la primera etapa, la estrategia de Washington poco puede hacer para sacar adelante a un ejército mal armado, peor entrenado y mucho menor en número que las tropas inglesas. Ello explica que la expedición organizada por Washington al Canadá resultara un fracaso, aunque en compensación se lograra la pérdida de los ingleses del puerto Boston en marzo de 1776.

Mientras el ejército de Washington trataba de enmendar el rumbo de la guerra, los representantes de Virginia daban el paso decisivo al cambio político al declarar su independencia el 1 de junio de 1776. Su ejemplo fue proseguido por el resto de las colonias. El 4 de julio de 1776, el Congreso general de Filadelfia proclamó la unión de las trece colonias y votó la famosa Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, redactada por Thomas Jefferson con el apoyo de Benjamin Franklin y John Adams.

A pesar de que los "Hijos de la Libertad" lograron un triunfo resonante a nivel internacional con su emancipación, los reveses en las contiendas bélicas internas durante 1776 y 1777 amenazaron con interrumpir dicha experiencia. Las operaciones militares inglesas lograron su objetivo de recuperar Nueva York al derrotar en Long Island al ejército continental el 27 de agosto de 1776. Las tropas inglesas al mando de los hermanos Howe iban a proseguir su ofensiva por el norte capturando Nueva Jersey. En julio de 1777 el avance de las tropas realistas sobre Filadelfia de nuevo provocaba la huida del ejército de Washington.

Pero la suerte comenzó a ser adversa para los ingleses cuando emprendieron la conquista del valle del Hudson, control que hubiera supuesto la división de las colonias separando a Nueva Inglaterra del sur. En los dos encuentros bélicos de Saratoga de septiembre y octubre de 1777 la derrota de las tropas inglesas ante las milicias americanas, comandadas por el general Horacio Gates, provocó la rendición del general Burgoyne. Esta batalla inició el repliegue del ejército leal al Rey por el norte e hizo retornar el optimismo a los americanos.

  El conflicto se internacionaliza

La alianza francoamericana de febrero de 1778 fue un triunfo de la diplomacia americana que Franklin lideraba en Europa. Si para los ex-colonos el acuerdo supuso el reconocimiento de su independencia en Europa, para los ingleses significó una vuelta a la pugna bélica con su tradicional competidora. Pero no sólo Francia iba a declarar la guerra a Inglaterra, España haría lo propio en 1779 y un año después Holanda. Aunque España no envió a Norteamérica hombres de armas como Lafayette, contribuyó económicamente al sostenimiento del ejercito continental a través de la casa "Gardoqui e hijos" de Bilbao. También El Visitador de Nueva España, José de Gálvez, ofreció al ejército de Washington la posibilidad de reabastecerse en la frontera, y el entonces gobernador de la Luisiana, Bernardo de Gálvez, recuperó para España las dos Floridas en 1781.

No obstante entrar en guerra con las principales potencias europeas, los ingleses obtuvieron entre 1780 y 1781 algunas victorias más sobre el ejército aliado en sus intentos de reconquistar las colonias del norte, ya sea lanzando ataques desde la base militar conquistada en Nueva York o atacando por las semidesérticas regiones fronterizas. En este último lugar los Rangers tories, es decir los miembros de la oligarquía territorial leales al Rey, auxiliados por varias tribus indias, libraron su batalla particular contra los colonos de Nueva York y Pensilvania.

Otro escenario de lucha importante sería el mar, que hasta entonces había sido dominado exclusivamente por los navíos ingleses. Aquí los mayores éxitos de los patriotas los posibilitaron los corsarios cuyo número llegó hasta cerca de los dos mil. De lo anterior se desprende que la guerra había llegado a un punto en que ninguno de los bandos en conflicto podía avanzar más allá de lo que habían obtenido si no era a costa de hacer un cambio radical en su estrategia de combate. Tal fue el riesgo que decidieron correr los generales ingleses al trasladar a fines de 1778 el escenario de la lucha al sur del país.

La primera población en caer en manos inglesas fue Georgia en diciembre de 1778; su reconquista corrió a cargo de las tropas del coronel Campbell. Al año siguiente una avanzada del ejército ingles acantonado en Nueva York partía al sur con el propósito de tomar Charleston, el estratégico puerto de Carolina del Sur. Como en Georgia, tampoco aquí las milicias americanas lograron evitar que el general Clinton se posesionara finalmente del puerto el 12 de mayo de 1780. A continuación las tropas leales al mando del general Cornwallis lanzaron una ofensiva para recuperar Carolina del Norte. Aquí comenzaría la debacle inglesa al impedir el ejército aliado en la batalla del Monte del Rey de octubre de 1780 y, dos meses después, en la batalla de Cowpens la consumación de este objetivo.

Ante este obstáculo, Cornwallis decidió atacar Virginia, pero las tropas aliadas al mando del general Lafayette le acorralaron en Yorktown, una ciudad a las orillas del río York. El asedio aliado sobre el ejército regular duró cerca de dos meses, y finalmente capituló Cornwallis el 19 de octubre de 1781. Con la caída de Yorktown las hostilidades entre los dos ejércitos regulares cesaron. Inglaterra comprendió que su aislamiento internacional hacía inútil la continuación de la guerra, ya que sólo las tropas del general Clinton seguían ocupando Nueva York. Dos años más iban a tardar Estados Unidos e Inglaterra en llegar al acuerdo por el cual ésta reconocía la independencia de sus antiguas posesiones de Ultramar. Dicho tratado de paz se firmó el 3 de septiembre de 1783.

  Finalmente, la independencia

Diecinueve años habían transcurrido desde el inicio de las protestas contra el plan inglés de convertir estos ricos territorios en simples colonias que sólo debían existir para servir a los intereses económicos de Inglaterra, proporcionarle materias primas y absorber sus manufacturas. La consecuencia que trajo este intento de introducir un despotismo regalista a colonias que habían interiorizado desde mucho tiempo atrás la participación directa en sus asuntos internos, derecho éste que se asumía al mismo tiempo como moral e inalienable, fue la aceleración de la desvinculación total de los Estados Unidos de Inglaterra.

Todavía iba a requerir Estados Unidos algunos años más para lograr la consolidación de su independencia. Los "Artículos de la Confederación" redactados en 1777 dieron unos poderes bastante limitados al Congreso continental. Cuando se selló el fin de la guerra con Inglaterra, ningún Estado de la Unión quiso someterse a su mandato. Este conflicto interno sólo se iba a resolver en la Convención de Annapolis de 1787 cuando todos los Estados aprobaron la constitución que establecía un gobierno nacional, republicano y federal. Este proceso culminó con la elección de George Washington como primer presidente de los Estados Unidos el 4 de marzo de 1789.

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