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Ignacio Agramonte



BIOGRAFÍA DE Ignacio Agramonte:

Nombre real: Ignacio Agramonte
Profesion: Derecho Civil
Nacimiento: 23 de diciembre de 1841.
Lugar de Nacimiento: Cuba


(Ignacio Agramonte nació en la ciudad de Camagüey, llamada entonces Puerto Príncipe, el 23 de diciembre de 1841 en la casa marcada con el número 5 de la calle Soledad, que hoy lleva su nombre. Fueron sus padres el licenciado Ignacio Agramonte Sánchez Pereira, abogado, que desempeñaba el cargo de regidor en el Ayuntamiento y María Filomena Loynaz y Caballero, ambos descendientes de antiguos pobladores de la localidad, que disfrutaban de una posición económica acomodada y próspera.

En la ciudad natal realizó sus primeros estudios con el profesor español Gabriel Román Cermeño y asistió luego a las conferencias de carácter didáctico, latín, griego, historia, literatura antigua, que dictó el pedagogo italiano Giuseppe Caruta en la Sociedad Filarmónica.

En 1852 sus padres lo enviaron a España, con el propósito de que realizara estudios superiores en la ciudad de Barcelona. Cinco años permaneció en dicha ciudad, e ingresó primeramente en el colegio dirigido por José Figueras, en el cual estudió y aprobó el primer año de Filosofía Elemental. Pasó luego al colegio que dirigía Isidoro Prats, donde realizó los estudios correspondientes a los tres primeros años de Latinidad y Humanidades. Ambos centros docentes estaban incorporados a la Universidad de Barcelona, a la cual ingresó en 1856 y cursó el segundo año de Filosofía Elemental.

Regresó a Cuba al año siguiente y sin haber cumplido aύn los 16 años, tras unas breves vacaciones en su ciudad natal, ingresó en la Real Universidad de La Habana, donde cursó estudios de Derecho Civil y Canónico, recibió el 11 de junio de 1865 el título y la investidura de Licenciado. Dos años más permaneció Agramonte en dicho centro docente, pues a pesar de ejercer como Licenciado en Derecho Civil y Canónico –abogado-, continuó los estudios correspondientes al doctorado hasta el 24 de febrero de 1867, en que efectuó su último examen.

En aquella época, y como parte de las prácticas académicas, se celebran en el Aula Magna del recinto universitario las llamadas juevinas y sabatinas, nombres con que se conocían las reuniones en que participaban los estudiantes, quienes debatían diferentes tópicos. Precisamente en unas de dichas reuniones, el 22 de febrero de 1862, pronunció Agramonte su discurso sobre los derechos individuales, en el que sin hacer alusión directa a Cuba, denunció el régimen de opresión al que estaba sometida la Isla.
Aύn asisten a aquella sabatina, Antonio Zambrana Vázquez, quien escribió posteriormente:

Aquello fue como un toque de clarín. El suelo de todo el viejo convento de Santo Domingo, en el que la Universidad estaba entonces, se hubiera dicho que temblaba. El catedrático que presidía el acto dijo que si hubiera conocido previamente aquel discurso no hubiera autorizado su lectura.

Sin duda alguna, la formación revolucionaria de Agramonte tuvo lugar en medio del ambiente progresista que existía entre el estudiantado universitario, influida esta por la lectura de Laboulaye, Lamartine y Víctor Hugo; sin embargo, los cálculos sobre la rentabilidad del trabajo esclavo de los terratenientes cubanos propietarios de plantaciones, no influyeron en su formación revolucionaria.
Concluidos sus estudios, permaneció durante algún tiempo en la ciudad de La Habana, donde desempeñó el cargo de juez de paz del barrio de Guadalupe y ejerció su profesión en el bufete de Antonio González de Mendoza.

A mediados de1868 regresó a Puerto Príncipe, e inmediatamente comenzó a trabajar con los conspiradores de la localidad a quienes estaba estrechamente vinculado desde el año anterior, mediante su ingreso en la logia “Tínima”, organización masónica donde se desarrollaban actividades revolucionarias tratando, de burlar la vigilancia de las autoridades españolas.

El 1ro de agosto del propio año contrajo matrimonio en la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad, con Amalia Simoni Argilagos, joven culta y distinguida, a quien había conocido en1868, secundado a Carlos Manuel de Céspedes, quien al pronunciarse el 10 de octubre en su ingenio La Demajagua, en Manzanillo, había indiciado la Revolución en Cuba. Ignacio Agramonte permaneció en Puerto Príncipe, al frente de los trabajos de la Junta Revolucionaria para asegurar el éxito del alzamiento, pero al tener noticias de que se había ordenado su detención, marchó a incorporarse a las filas insurrectas, acompañado de su hermano Enrique y un criado de la familia, abandonó el 11 del propio mes la ciudad en dirección al ingenio El Oriente de Luaces, situado en las mediaciones el poblado de Sibanicú.

Muy pronto demostró sus dotes de dirigente político, al enfrentarse en la reunión del Paradero de las Minas, el 26 de noviembre de 1868, a Napoleón Arango y sus seguidores, quienes proponían la sumisión a la metrópoli española a cambio de supuestas reformas políticas. Agramonte, intransigente por su convicción, expresó al concluir su réplica:”Acaben de una vez los cabildeos, las torpes dilaciones, las demandas que humillan: “Cuba no tiene más camino que conquistar su redención, arrancándosela a España por la fuerza de las armas”.

Al concluir la reunión, la mayoría de los insurrectos allí congregados se pronunciaron por la continuación de la lucha armada. Esa misma noche quedó disuelta la Junta Revolucionaria del Camagüey y quedó constituido al Comité Revolucionario, cuya dirigencia integraron Agramonte, su pariente Eduardo y Salvador Cisneros Betancourt. Y como expresó nuestro Comandante en Jefe, en su discurso el 11 de mayo de 1973: “Ese fue el primer servicio extraordinario prestado por Ignacio Agramonte a la lucha por la independencia”.

Dos días después, el pequeño ejército camagüeyano, del cual formaba parte Agramonte, recibió su bautismo de fuego en Ceja de Bonilla, donde reafirmó con las armas la resolución adoptada en la reunión de Minas, y obligó a las fuerzas mandadas por el conde de Balmaceda, no obstante su superioridad numérica y potencial bélico, a retirarse precipitadamente.

En los primeros días de abril del propio año, los revolucionarios orientales, villareños y camagüeyanos, con una misma ideología y con el propósito común de lograr la unidad de las fuerzas insurrectas llegaron por distintas rutas al poblado de Guáimaro, situado cerca de los límites de Camagüey y Oriente. Allí se reunió la Asamblea Nacional del pueblo cubano para promulgar una constitución política que debía regir mientras durase la guerra de independencia. Dicha constitución fue redactada por Ignacio y Antonio Zambrana, designados secretarios de la Asamblea. Los criterios de Agramonte prevalecieron en el seno de la Constituyente, y quedaron plasmados en la carta fundamental de la naciente República. Se implantaría en los territorios controlados por las fuerzas insurrectas un sistema de gobierno democrático, que aspiraba a construir una nación libre y soberana sobre las bases de la confraternidad étnica, la igualdad jurídica y la libertad política.

También fue decisiva la participación de Agramonte en los combates para la adopción de la enseña nacional, abatió los convencionalismos que censuraban a la bandera cubana el infringir las leyes de la heráldica, cuando señalo que esta presentaba los blasones y los timbres de los reyes y los nobles, y que la República podía gloriarse de desentenderla intencionalmente.

El logro de la unidad revolucionaria, la designación de Carlos Manuel de Céspedes, para desempeñar la primera magistratura de la naciente República de Cuba en Armas, la organización del poder revolucionario y la abolición de la esclavitud, constituyeron los más importantes resultados positivos de la Asamblea de Guáimaro.

De todas formas, es admirable aquel empeño, aquel esfuerzo de construir una República en plena manigua, aquel esfuerzo por dotar a la República en plena guerra de sus instituciones y de sus leyes. Cualquiera que hayan sido los inconvenientes, las dificultades, los resultados, el esfuerzo fue admirable.
El 26 de Abril de 1869, Agramonte renunció a su escaño en la Cámara de Representantes, porque fue nombrado Mayor General del Ejército Libertador, jefe de la División de Camagüey. Concluida su labor legislativa pasa a desempeñar una jefatura militar, desde la cual defendería, por medio de las armas, la Constitución que había ayudado a elaborar.

Su primera tarea militar fue la organización de fábricas y talleres, donde pudieran elaborarse y repararse los útiles que necesitasen las fuerzas insurrectas. Dichas fábricas y talleres fueron establecidos fundamentalmente en la zona de Najasa, donde existían enormes bosques, que brindaban protección contra cualquier ataque sorpresivo del enemigo, sin necesidad de disponer una fuerza numerosa en la custodia de los mismos.

En este período dirigió el combate de Ceja de Altagracia el ataque a la ciudad de Puerto Príncipe, que levantó el prestigio de la Revolución, pues aunque la ciudad no llegó a ser ocupada, obligó al mando militar española emprender la inmediata construcción de numerosas torres, puestos y fortines para la defensa de dicha plaza, y a utilizar un alto número de efectivos militares en las obras, y luego en la dotación de las mismas, lo cual contribuyó las operaciones en el campo.

El 1ro de enero de 1870 participó como segundo al mando, en el combate de Minas de Juan Rodríguez, en las cercanías de Guáimaro, contra una poderosa fuerza española al mando del mariscal Eusebio Puello, a la que causaron más de 200 bajas; los mambises se retiraron ordenadamente cuando habían agotado casi todas las municiones. La acción, dirigida por el mayor general Thomas Jordán, fue la más importante librada en el territorio camagüeyano durante los primeros años de la guerra del 68.

En abril del mismo año, a causa de discrepancias con el presidente Céspedes en cuanto al modo de realizar la guerra, renunció a la jefatura militar de Camagüey y permaneció sin mando, aunque mantuvo su grado de Mayor General. Pero su renuncia no significó inactividad en ningún momento; junto a Enrique y Elpidio Loret, y otros, quienes le acompañaron durante ese período, se enfrentó en numerosas ocasiones a las fuerzas españolas, unas veces con el grupo de compañeros ya mencionados, y otras con las fuerzas de Maraguán o a las órdenes del mayor general Manuel Boza Agramonte, quien desde junio de ese año desempeñó la jefatura militar de Camagüey, Ingenio Grande, Jimurú, Socorro y otros, fueron algunos de los combates librados en ese perίodo, en que también aprovechaban el tiempo libre para distraer a sus hombres en el manejo y uso de las armas, ejercicios de batallón y escuadrón. Desarrolló su táctica de acuerdo con las características del territorio donde habría de operar, y guerrillas, al frente de la cual ganó merecida fama, pues exponía un corto número de hombres que hostilizaba constantemente al enemigo y los desconcertaba fácilmente a causa de su sorprendente movilidad. Supo disciplinar sus fuerzas en el ejemplo de su propia austeridad y modestia.

Durante ese año de 1870, las tropas españolas iniciaron una gran ofensiva por todo el territorio camagüeyano, destruyeron los campamentos insurrectos, asesinaron a numerosos combatientes y empleados civiles de la Revolución y capturaron numerosos familiares de éstos, entre ellos la esposa de Ignacio, Amalia Simoni, y su hijo Ernesto. Ignacio Agramonte tuvo entonces que combatir, no sólo contra los españoles, sino también contra vacilantes que presentaban al enemigo y desmoralizaban las filas rebeldes, Sin embargo, afrontó resueltamente lo reveses y la ofensiva enemiga, consciente de los sacrificios que exigía la lucha por la libertad a su Patria.

A principios de 1871, el presidente Céspedes le ofreció la jefatura militar de Camagüey, la cual la reasumió el 17 de enero, ocasión en que lanzó una proclama en la que daba a conocer su designación , exhortaba a sus compañeros a la lucha, y sobre todo, a mantener mejor organización y mayor disciplina para lograr la victoria. Reasumió el mando cuando más grave estaba la situación de los insurrectos en Camagüey y aumentaban los enfrentamientos con el enemigo, contra los que actuó con verdadera firmeza revolucionaria, al someter a juicio y a pasar por las armas a los que intentaban traicionar. A partir de aquel momento, mejoró progresivamente la situación militar en el territorio bajo su mando y la fuerzas mambisas pasaron de la defensiva o la ofensiva. El Mayor, como le llamaban sus soldados, dirigió el ataque a la Torre Óptica de Colón, el Pinto, y las acciones de Lauretania, San Fernando, Jicotea, El Asiento, Hato Potrero, El Mulato, La Redonda, y el rescate de Julio Sanguily, una de las más brillantes hazañas de su carrera militar, en que el frente de sólo 35 jinetes derrotó a una fuerza española de 120 hombres que conducía prisionero Sanguily a Puerto Príncipe. En realidad, el rescate tuvo más trascendencia política que militar, pues los españoles habían tratado de restarle importancia al cambio radical que se había experimentado en las fuerzas insurrectas camagüeyanas después que Agramonte reasumió aparecer públicamente como extinguido casi en su totalidad el movimiento insurreccional, y por supuesto, la captura de Sanguily resultaba oportuna para desacreditar el reciente poderío de los revolucionarios, pero el Mayor echó por tierra los planes del enemigo, que no pasaron de una ilusión fugaz desvanecida por el filo de los machetes mambises.

En 1872 había cambiado totalmente la situación militar en Camagüey, y a pesar de la escasez de armamentos y municiones, Agramonte había levantado el espíritu revolucionario. En mayo de ese año, el Gobierno le hizo extensiva su jefatura a las fuerzas de Las Villas, las que a mediados de 1870 habían venido combatiendo bajo sus órdenes. Contaba entonces con una poderosa caballería con la que combatió en el Salado, Jacinto, Las Yeguas, La Matilde, El Carmen y Loma del Vapor.

Durante este período, se produjo un paulatino acercamiento entre Céspedes y Agramonte. El Padre de la Patria había pedido al Mayor que resumiese el mando militar de Camagüey, y posteriormente lo designó jefe militar de Las Villas. Precisamente en julio de 1872, Agramonte, en una carta dirigida a un amigo en New York, expresó:

Diga usted a los cubanos que desde allá siguen nuestro movimiento revolucionario, que aquí nunca ha habido discordias, ni ha dejado un momento de ser reconocido y respetado nuestro gobierno republicano; que acá todos los que pelean por nuestra bandera se hallan animados del mismo sentimiento y trabajan de consumo marchando por un mismo sendero.

A principios de 1873 propuso al Gobierno un proyecto de invasión a las Villas y el occidente de la Isla, que había concebido desde mediados del año anterior, y para el cual contaba con las fuerzas villareñas que operaban bajo sus órdenes en territorio camagüeyano. La falta de armas y municiones impidió llevar a vías de hecho el plan invasor.

Buey Sabana, Sao de Lázaro, El Ciego de Najasa, La Soledad de Pacheco, Aguará, El asalto al fuerte Molina y Cocal del Olimpo, fueron las principales acciones libradas en los primeros meses del año.

El 11 de mayo de 1873, cuando se disponía a enfrentarse al enemigo, cayó en los campos de Jimagüayú. Su cadáver cayó en el poder de los españoles, que lo condujeron a Puerto Príncipe, dónde fue expuesto para sus identificación en el hospital de San Juan de Dios, y posteriormente llevado al cementerio, en cuyo lugar fue incinerado, como si con esa acción cobarde pudiera destruirse el ejemplo de valor e intransigencia revolucionaria del combatiente que abandonó afectos, comodidades y riquezas, para entregarse por completo a sus Patria. Sobre su muerte, escribió el mayor general Serafín Sánchez:

al alborear de nuevo sobre el suelo de la Revolución los benéficos de la reacción patriótica, cae ensangrentado en el suelo de Jimagüayú el gran héroe Camagüeyano General Ignacio Agramonte, cuyos supremos esfuerzos habían revivido el cadáver de la Revolución allí, y que ya en aquellos momentos amenazaba de muy cerca el poder de la tiranía un tanto abatida bajo sus fieros golpes….


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