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Jesús de Nazaret



BIOGRAFIA DE Jesús de Nazaret

Nombre Real: Jesús de Nazaret.
Ocupación: Rey del cristianismo.
Nacimiento: N/D.
Lugar de Nacimiento: N/D.
Fallecimiento (†): N/D.



Si se prescinde de los Evangelios, la figura de Jesucristo, en torno a cuyo mensaje surgió la religión cristiana, permanece envuelta en el misterio. Son pocos los documentos que puedan utilizarse como fuentes para un estudio histórico sobre la vida de Jesucristo. Pese a ser el personaje representado en más obras artísticas, tanto pictóricas como escultóricas, se desconocen sus rasgos y fisonomía, y, más aún, es imposible escribir su biografía en el sentido moderno del término. Al igual que Sócrates, no dejó nada escrito. Los Evangelios de Marcos, Lucas, Mateo y Juan carecen de intencionalidad histórica: el objeto de esas narraciones, efectuadas con un peculiar estilo literario, era dejar constancia escrita de la vida y del mensaje del Maestro.

Pero no por ello dejan de ser «históricos» los hechos que relatan. Lucas, el médico sirio que dominaba a la perfección el griego, su lengua materna, lo deja bien claro en el prólogo que precede a su evangelio: «Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares, [...] después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, te lo escribo por su orden, excelentísimo Teófilo...». Teófilo, por el tratamiento que le da Lucas, sería un personaje importante e influyente del entorno.
La llamada crítica radical que los protestantes liberales aplicaron a los Evangelios llegó incluso a la negación de la existencia histórica del Nazareno. Ni Justo de Tiberíades en su Historia de los judíos ni Filón de Alejandría hablan de Jesús. Pero su existencia histórica está testimoniada con suficiente claridad por autores como Tácito en sus Anales; por Suetonio en Vita Claudii; por Plinio el Joven, procónsul de Bitinia, en su carta al emperador Trajano, escrita alrededor del año 70; y por el historiador Flavio Josefo.

En su carta, Plinio el Joven habla de "un grupo que canta himnos en honor a Cristo como a un Dios". Tácito, en los Anales (escritos a principios del siglo II), se refiere a Cristo como "un condenado al suplicio bajo el Imperio de Tiberio por el procurador Poncio Pilato". Las Antigüedades judaicas del historiador Flavio Josefo (escritas hacia el año 93) aluden primero a "Jesús, el llamado Cristo" en relación a la ejecución de Santiago en Jerusalén, y citan más adelante, según la traducción del obispo sirio Agapio, a "un sabio llamado Jesús, reputado por su manera de actuar y su virtud", diciendo lo siguiente: "Muchos judíos y muchos de entre las otras naciones vinieron a él. Pilato lo condenó a morir en la cruz. Pero los que le habían seguido no dejaron de ser fieles a su pensamiento. Ellos contaron que tres días después de haber sido crucificado, se les había aparecido, y que estaba vivo. Quizás era, pues, el Cristo del que los profetas anunciaron muchas cosas admirables".

Judíos y romanos

No pueden entenderse la doctrina y la vida de Jesús sin situarlas en su contexto histórico. Palestina era un territorio administrado por los romanos, cuyo imperio había iniciado su período de máximo esplendor político y territorial. Con la ascensión de Augusto, que murió el año 14 después de Cristo y al que sucedió su hijo Tiberio, coetáneo del Nazareno, el Mediterráneo se había convertido en un lago romano y la autoridad imperial prevalecía en todas sus costas. En tiempos de Jesús la metafísica de Platón y Aristóteles había perdido su atractivo. Los sistemas filosóficos más extendidos eran el epicureísmo y el estoicismo. La doctrina de Jesús contiene algún elemento de ambos sistemas. Por ejemplo, los estoicos proclamaron la igualdad y la hermandad de todos los hombres. Por otra parte tenían vigencia aún los misterios, como el de Eulesis y el de Dionisio. Incluso el misterio egipcio de Osiris gozaba de un buen predicamento en Roma.

El mundo judío bajo dominio romano empezó con Herodes el Grande, del 37 al 4 a.C. El emperador Octavio Augusto le confirmó en su puesto de rey de los judíos porque Herodes le había ayudado en su marcha final desde el territorio tolomeo hasta Egipto. En su testamento, Herodes dividió su reino entre sus hijos Arquelao, Filipo y Herodes Antipas, este último tetrarca de Galilea y Perea en tiempos de Jesús. Heredero de una vasta tradición religiosa, el mundo judío estaba dominado básicamente por dos grupos o sectas: los fariseos y los saduceos. Los primeros provenían íntegramente de la clase media; los saduceos, de la rica aristocracia sacerdotal, que en tiempos de Jesús tenía en la familia de Annás la saga más poderosa. Los fariseos sostenían su autoridad a base de piedad y cultura; los saduceos, mediante la sangre y la posición. Los fariseos eran más bien progresistas; los saduceos, más conservadores, aceptaban fácilmente el dominio romano porque les permitía conservar su posición privilegiada. Los fariseos se preocupaban por elevar el nivel religioso de las masas; los saduceos, de adoctrinar y atraer a aquellos que tenían relación con la administración del Templo y los ritos.

Al margen de ambas tendencias se situaban los zelotes. Cuando hacia el año 6 a.C. el legado Quirino ordenó un censo general de Palestina, el fariseo Sadduq y el galileo Judas Gamala encabezaron la revuelta de los judíos descontentos. A su alrededor reunieron un grupo que llevó a cabo diversas campañas contra los romanos. Éste fue el origen de los zelotes, patriotas ardientes que, separados ya totalmente de los fariseos, utilizaron toda clase de medios, sin excluir el atentado mortal, para librarse del opresor extranjero y castigar a los judíos colaboracionistas. Usaban para sus asesinatos una daga corta llamada sicca, por lo que fueron conocidos entre los romanos con el nombre de sicarii ('sicarios').

La vida oculta

Todo ello sucedía en el siglo I de nuestra era. Sin embargo, incluso para la exégesis católica más racional, ningún dato relativo a la vida de Jesucristo puede fijarse con absoluta certeza. Jesús, hijo de José y de María de Nazaret, fue concebido en este pueblo de Galilea a tenor del misterioso anuncio que el ángel Gabriel le hizo al artesano de que su prometida (aún no se había celebrado la boda) estaba encinta, pero que el fruto de su vientre no era obra de un ser humano sino del Espíritu Santo. María era prima de Isabel, esposa del sacerdote Zacarías, quienes en la vejez engendrarían a Juan Bautista.

En aquellos días se promulgó un decreto de César Augusto por el que todos los habitantes del imperio debían empadronarse, cada cual en la ciudad de su estirpe. José y su joven esposa hubieron de dirigirse a Belén, en Judea, a unos 120 kilómetros de Nazaret. Probablemente hicieron el viaje en caravana con otros que seguían el mismo camino. La pareja, de escasos recursos económicos, pernoctó en las afueras de Belén, refugiándose en una de las cuevas utilizadas por los pastores. Estando allí, a ella se le cumplieron los días del alumbramiento y dio a luz a su hijo primogénito, al que recostó en un pesebre porque no tenían sitio en la posada.

El humilde nacimiento de Jesús tuvo lugar en tiempos del rey Herodes el Grande. Por lo tanto, no pudo ocurrir más allá del 4 a.C., fecha de la muerte del tetrarca. Siguiendo a Lucas (2, 1), Jesús nació en tiempos del censo ordenado por Augusto y efectuado por Quirino, gobernador de Siria. Tertuliano atribuyó ese censo a Sencillo Saturnino, legado de Siria del 8 al 2 a.C.; éste muy bien pudo haber completado un censo comenzado por Quirino. Por ello, se suele aceptar que el nacimiento de Jesús tuvo lugar entre los años 7 y 6 a.C.

El evangelio de Lucas narra los hechos a la vez simples y extraordinarios que acompañaron el nacimiento de Jesús: el anuncio de los ángeles a unos pastores, que acudieron a Belén y fueron los primeros en "alabar y glorificar a Dios por todas las cosas que habían visto y oído" (Lc. 2, 20). Mateo, en cambio, narra la visita de tres misteriosos reyes de Oriente que, guiados por una estrella, acuden a adorarlo y le ofrendan oro, mirra e incienso. Previamente, estos reyes "magos" habían pasado por Jerusalén preguntando "¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?" Tal pregunta llenó de temor al rey, quien ordenó pocos días después una terrible matanza de niños varones, que la tradición cristiana recuerda cada 28 de diciembre como el Día de los Santos Inocentes. Advertidos del peligro que los acechaba, José y María huyeron de Belén con su hijo y se refugiaron en Egipto, donde permanecieron hasta la muerte del rey Herodes.

De nuevo en Nazaret, Jesús aprendió las Escrituras y la tradición oral judía hasta el punto de sorprender con sus conocimientos a los doctores de la Ley que lo escucharon en el templo cuando sólo tenía doce años. Mientras el "niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría" (Lc. 2, 40), llevó una vida normal, trabajando con su padre. Hasta los treinta años nada más vuelve a saberse de su vida; sólo lo que fantásticamente narran los evangelios apócrifos, es decir, aquellos escritos de origen desconocido o erróneamente atribuido, en su mayor parte de origen gnóstico, que tratan de la vida de Jesús en los últimos años de su juventud. Particularmente llama la atención el cúmulo de elementos milagrosos, frecuentemente abstrusos y desagradables, en los que historia y fábula se confunden.

La predicación

Para datar el inicio del ministerio público, Lucas pone especial énfasis en presentar los datos exactos acerca de la predicación de Juan Bautista, a quien Jesús acudiría para hacerse bautizar. Sin embargo, sólo un dato es en verdad útil: «el año decimoquinto de Tiberio César», el reinado del cual empezó el 19 de agosto del 14 d. C. El año decimoquinto debía ser, según el sistema romano, del 19 de agosto del 28 d. C. al 18 de agosto del 29 d. C. Por otra parte, tampoco hay unanimidad acerca de la duración de su vida pública. Mientras los tres sinópticos hablan de una sola Pascua, Juan Evangelista especifica claramente tres.

Juan Bautista comenzó predicar la pronta llegada del Mesías y a bautizar a quienes lo escuchaban en las aguas del Jordán. Cuando Jesús fue bautizado por Juan (que era primo suyo), hubo según los evangelistas un signo celestial que lo señaló como hijo de Dios. Antes de iniciar su propio ministerio, Jesús se retiró al desierto un período "de cuarenta días", durante los cuales, según la narración evangélica, ayunó y puso a prueba su fortaleza espiritual ante las tentaciones del demonio.

A su regreso del desierto, Jesús inició la divulgación de su doctrina en solitario, dándose a conocer en la sinagoga, a la que acudía todos los sábados. Un día lo hizo en su pueblo. Escogió una lectura del profeta Isaías que prefigura al Mesías, el ungido de Dios que anunciaría a los pobres la Buena Nueva y que daría la libertad a los oprimidos. Les dijo que era él de quien el profeta hablaba. Fue denostado por tamaña soberbia (todos sabían que era el hijo de José) e intentaron despeñarle. Sería el destino de todo su ministerio: la incomprensión de los suyos, que culminaría con la traición de uno de sus discípulos predilectos. Pero pronto sus predicaciones convocaron a su alrededor multitudes a las que enseñaba mediante parábolas, obrando a la vez milagros que llenaban de asombro y alimentaban la fe en su doctrina.

Se granjeó así las antipatías de escribas y fariseos, a los que aquel advenedizo robaba protagonismo y popularidad entre las gentes. Los fariseos se quejaban de que Jesús celebraba fiestas y banquetes. Peor aún, lo hacía con publicanos, pecadores, gentuza proscrita: por eso los fariseos lo tachaban de borracho y juerguista. Entretanto, Jesús eligió a doce de entre sus discípulos: Simón (a quien llamó Pedro) y su hermano Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé, Mateo y Tomás, Santiago de Alfeo y Simón (llamado Zelotes), Judas de Santiago y Judas Iscariote. Eran hombres sencillos, la mayoría pescadores que se ganaban el sustento con fatiga. Hombres integrantes de la masa que soportaba los impuestos de los romanos y que se rebelaba ante la vida privilegiada de escribas, saduceos y fariseos. Jesús les propuso un orden religioso e incluso social nuevo, sin hipocresías, solidario con los pobres, vital.

El llamado "sermón de la montaña" acaso sea el más significativo de todos cuantos pronunció, tanto por su contenido doctrinal como porque viene precedido, según Lucas, por la elección de los doce discípulos y la realización de numerosos milagros en tierras de Galilea. En este discurso evangélico, llamado en la tradición bíblica "Las bienaventuranzas", Jesús saluda a la muchedumbre con un "bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de los Cielos; bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados; bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis" (Lc. 6, 20-21), y enseguida expone las condiciones que han de cumplir quienes elijan seguirlo: "Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre..." Es precisamente la idea de la paternidad divina el tema central de su mensaje, pues es de esa realidad de donde emana el amor y la generosidad del Creador hacia toda criatura humana.

El sermón de la montaña pone de manifiesto su profundo conocimiento de la conducta humana, y reinterpreta además la Ley mosaica dilucidando sus principios fundamentales y adaptando sus preceptos a las necesidades humanas. Es en este sentido que dice, por ejemplo, "el sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado" (Mc. 2, 27), cuando los fariseos le reprochan que sus discípulos hayan arrancado unas espigas o que él mismo haya obrado milagros y curado enfermos en ese día sagrado para los judíos. El amor a los enemigos ("amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien"), la misericordia ("sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados"), la beneficencia ("Dad y se os dará [...], porque con la medida con que midáis se os medirá") o el celo bien ordenado ("no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno") son aspectos diferentes de una misma idea fundamental formulada en la frase "amar a Dios y al prójimo".

Una visión estrictamente laica sitúa a Jesús en un exclusivo marco humano, pero no por ello su figura es menos digna de estudio y consideración. Él, que se autodefinía Maestro, no seguía las pautas de la clase poderosa judía: transgredía la norma sabática, iba acompañado de mujeres (María y Marta; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana, y otras muchas) y se hospedaba en sus casas. Sus amigos eran gente llana y sencilla a los que acompañaba en sus fiestas y bodas. Las enseñanzas de Jesús, que por primera vez hablaban de conceptos nuevos como el amor al prójimo y a los enemigos, la piedad hacia los pecadores y el respeto a las personas por encima de su condición, no tardaron en entrar en colisión con el clero judío.

La casta sacerdotal judía veía con temor los efectos de las prédicas de Jesús en el pueblo y dispuso que escribas y fariseos asistieran a ellas para cuestionar con preguntas capciosas su autoridad. Jesús sorteó con habilidad todas las trampas que se le tendieron y el Sanedrín demandó sin éxito el apoyo de la autoridad romana para reprimir al "agitador". Pero el desasosiego no cundía solamente entre los sacerdotes, sino también en el mismo Herodes, porque aquel nazareno consentía que se le llamase rey de los judíos, título que a Herodes le había costado la adulación al opresor extranjero. Llegó un momento en que Jesús habló sin tapujos: «El que no está conmigo, está contra mí. No hagáis como los escribas y fariseos hipócritas, víboras, sepulcros blanqueados por fuera y llenos de carroña por dentro... No amaséis fortunas, vended los bienes y dad limosnas...» Y los acontecimientos acabaron precipitándose.

Jesús envió a predicar de dos en dos a setenta y dos discípulos suyos por los pueblos de Judea, en donde iniciaron un intenso movimiento religioso como si se tratara de conquistar la Ciudad Santa. Hacia ella se dirigió Jesús desde Galilea consciente de que había llegado su hora. Herodes, a quien Jesús había llamado zorro, estaba al acecho; los sacerdotes, ojo avizor para tenderle una trampa. Pero Jesús no se amedrentó. Al contrario, entró en Jerusalén en actitud provocadora, haciéndose entronizar como rey por una multitud que llenaba la ciudad en ocasión de la Pascua. Y en el mismo centro neurálgico del mundo judío, el Templo, hizo valer su autoridad: expulsó a los vendedores a latigazos porque le repugnaba que un lugar de oración se hubiera convertido en un lucrativo mercado.

Pasión y muerte de Jesús

Llegado el día de los Ázimos, en el que se sacrifica el cordero de Pascua, Jesús prepara la que será su última cena con sus discípulos y en ella les anuncia su fin: "Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que yo no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios" (Lc. 22,16). En el relato evangélico de la cena pascual, Jesús lava los pies a sus discípulos y comparte con ellos el pan y el vino como expresión de la Nueva Alianza de Dios con los hombres. Luego, les advierte de lo que ha de ocurrir en los próximos días. Ante el estupor y desasosiego de los discípulos, les anuncia que uno de ellos llegará a traicionarlo: "La mano del que me entrega está aquí conmigo sobre la mesa" (Lc. 22, 21) y que su amado Pedro lo negaría tres veces, aunque finalmente se arrepentiría de su acción: "Yo te aseguro [Pedro]: hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres" (Mc. 14, 30).

Tras estas dramáticas revelaciones, una vez acabada la comida pascual, Jesús y sus discípulos abandonaron el cenáculo y caminaron hasta el huerto de Getsemaní. Enseguida, Jesús se apartó en compañía de Pedro, Santiago y Juan, a quienes les dijo: "Mi alma está triste hasta al punto de morir, quedaos aquí y velad" (Mc. 14, 33). Y diciéndoles esto se adelantó y, arrodillado, comenzó a orar: "Padre, si quieres, aparta de mi esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc. 22, 42). Poco después, la guardia del Templo se hizo presente en el lugar y prendió a Jesús; los sacerdotes del Sanedrín habían preferido hacerlo detener lejos de la muchedumbre que lo seguía con fervor. Con el propósito de sorprender a Jesús indefenso, el Sanedrín había comprado la voluntad de Judas Iscariote pagándole treinta monedas de plata, cantidad al parecer equivalente a ciento veinte denarios, que era el precio que se pagaba entonces por un esclavo o el rescate de una mujer, de acuerdo con lo prescrito por la Ley mosaica.

Perseguido por el Sanedrín, traicionado por su discípulo Judas Iscariote y negado por Pedro, Jesús afrontó solo y con determinación la condena del Sanedrín, el rechazo de Herodes Antipas, quien lo remitió de nuevo a Poncio Pilato, y la sentencia que éste pronunció después de "lavarse las manos" y de soltar en su lugar a Barrabás, al parecer un cabecilla de un movimiento sedicioso acusado de asesinato. En vano el procurador romano había intentado evitar la crucifixión de Jesús, a quien consideraba en realidad inocente de los cargos que le imputaban. Presionado por los sacerdotes del Sanedrín, que habían excitado a la muchedumbre para que pidiese la muerte del peligroso "agitador", acabó condenándolo a morir crucificado.

Los delitos que le imputó el Sanedrín fueron anunciar la destrucción del Templo ("Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra"; Lc. 21, 6) y reconocerse como el Hijo de Dios. Y, frente a las leyes romanas, creerse rey de los judíos, lo que contribuía a aumentar la inestabilidad política, según el criterio de los influyentes sacerdotes del Sanedrín. Una vez condenado, Jesús fue vejado, torturado y obligado a cargar su propia cruz hasta el monte Calvario, donde fue crucificado.

Los cuatro evangelistas están de acuerdo en que Jesús murió en viernes. El día de la muerte de Jesús no fue un día de descanso sabático porque los guardas llevaban armas y las tiendas estaban abiertas (José de Arimatea pudo comprar una sábana y las mujeres aromas para embalsamar el cuerpo). Lo más probable es que Jesús anticipara un día la cena pascual. Reunidos todos los datos (el procurador Pilato gobernó entre el 26 y el 36 d.C.), se puede asegurar que Jesús murió el viernes 14 de Nisán (primer mes del calendario hebreo bíblico) del año 30 d.C., lo que equivale al 7 de abril del 30 d.C. Y al tercer día, según las Sagradas Escrituras, resucitó y, apareciéndose a sus discípulos, los alentó a predicar la palabra de Dios.

El Nuevo Testamento

En términos teológicos, Nuevo Testamento significa la Nueva Alianza establecida por Dios con toda la humanidad en su Hijo Jesucristo, continuación y cumplimiento de aquella primera Antigua Alianza establecida con su pueblo escogido, el pueblo de Israel, en el monte Sinaí. Desde el punto de vista literario, se entiende por Nuevo Testamento el conjunto de libros en los cuales los discípulos de Jesús dejaron constancia de la instauración y primeros años de esa nueva y definitiva alianza. El Nuevo Testamento se compone de 27 libros, aceptados unánimemente por católicos, ortodoxos y protestantes: los cuatro Evangelios, el Libro de los Hechos de los Apóstoles, las trece Epístolas de San Pablo, la Epístola a los Hebreos, las siete Epístolas Católicas de Santiago, San Pedro, San Juan y San Judas y el Apocalipsis de San Juan.

Los cuatro evangelios nos informan sobre la manera en que eran recibidas en las primeras comunidades cristianas la vida y la enseñanza de Jesús. Es necesario advertir que, en el momento de la consignación por escrito de las tradiciones evangélicas transmitidas en las primeras comunidades cristianas, varios de los apóstoles todavía vivían. Los Hechos de los Apóstoles (redactado probablemente por Lucas entre los años 65-80) describen de manera viva y detallada, aunque sólo parcialmente, los comienzos de la Iglesia desde la Ascensión y Pentecostés (hacia el año 30) hasta la llegada de Pablo a Roma hacia el año 61. Lucas, compañero de Pablo, fue un testigo de primera mano en todo lo que se refiere a la misión y viajes de su maestro y a las comunidades por él fundadas.

A diferencia de los escritos del Antiguo Testamento, los del Nuevo Testamento fueron compuestos en un breve lapso de tiempo; concretamente, durante la segunda mitad del siglo I. Todos ellos nacieron en las comunidades cristianas y tuvieron la finalidad de consolidar la fe de las mismas y de las nuevas que se iban fundando. Resulta difícil determinar la fecha en que los distintos libros del Nuevo Testamento fueron redactados; pero, con el apoyo de criterios internos y externos, sí se puede determinar un cierto orden cronológico en su aparición y, en muchos casos, la época en que fueron escritos.

Así, por ejemplo, las Epístolas de San Pablo fueron escritas entre los años 50 y 67. La primera de las Epístolas de Pedro fue escrita un poco antes del 64, mientras que la segunda (escrita no por él sino por algún discípulo) y la de Santiago son difíciles de datar. Los Evangelios y el Libro de los Hechos de los Apóstoles fueron escritos entre los años 65 y 100. De finales del siglo I son las Epístolas de Juan y de Judas, así como el Apocalipsis y la Epístola a los Hebreos.

Fueron muchos los cristianos que se propusieron contar en sus escritos cuanto había ocurrido desde el principio, tal y como nos lo advierte Lucas al inicio de su evangelio (1,1). Pero no todos esos escritos del siglo I fueron aceptados como inspirados por Dios y, por lo tanto, admitidos como parte de las Sagradas Escrituras. Se hizo una selección antes de incluirlos en un canon. Los criterios utilizados para determinar la canonicidad de los escritos fueron tres: 1°) el origen apostólico de un escrito, es decir, que hubiera sido escrito por un apóstol o por un discípulo directo de algún apóstol; 2°) la plena concordancia del escrito con la tradición viva de la Iglesia, es decir, su ortodoxia; 3°) la utilización de los escritos en la lectura pública de un buen número de iglesias.

A finales del siglo II, el apologista Taciano, discípulo de Justino, fusionó en uno los cuatro evangelios, en la obra llamada Diatesarón ("cuatro en uno"); esa obra fue traducida a varios idiomas y adoptada como base de la catequesis para pueblos bárbaros que iban llegando al Imperio romano. Ello demuestra que los cuatro evangelios no gozaban todavía de la autoridad que luego tuvieron, aunque ya habían comenzado a ser citados como tales desde mediados del siglo II. La lista de obras más antigua que conocemos es la del llamado "canon de Muratori", un texto del siglo II descubierto por el investigador Muratori en 1740. Este documento, del que falta la parte inicial que ciertamente hablaba de Mateo y Marcos, menciona los evangelios de Lucas y Juan, el Libro de los Hechos de los Apóstoles, las Epístolas de San Pablo, las Epístolas Católicas y el Apocalipsis.

En el siglo III se comenzó a dar el nombre de Nuevo Testamento al conjunto de los escritos considerados canónicos. Pero la lista no estaba completamente definida. Ésta aparece por primera vez en los escritos del historiador del siglo IV Eusebio de Cesarea, el cual, sin embargo, refleja la duda sobre la canonicidad del Apocalipsis, que era rechazado todavía por varios teólogos, especialmente los orientales. Sería San Atanasio quien a finales del mismo siglo IV consiguió que el libro fuera también aceptado por los orientales. El primer catálogo completo del Nuevo Testamento fue promulgado, junto con el canon católico actual para el Antiguo Testamento, en el concilio de Hipona (norte de África) en el año 393. Fue luego confirmado por el concilio de Cartago en el 419 y por los orientales en el concilio de Trullo (692). Y también por los concilios ecuménicos de Florencia (1441, contra los jacobitas) y de Trento (1546) para zanjar la cuestión ante las dudas proferidas por Lutero y otros reformistas respecto a la autenticidad de la Epístola a los Hebreos, de las Epístolas de Santiago y Lucas y del Apocalipsis. Hoy día no existe ninguna divergencia entre ortodoxos, católicos y protestantes respecto al canon del Nuevo Testamento.

En el Nuevo Testamento la palabra evangelio significa "buena noticia" y está usada para expresar todo el contenido de la misión de Jesús y de la predicación primitiva. En labios de Jesús, evangelio significa la buena noticia de que el reino de Dios ha comenzado a hacerse presente entre los hombres (Mc 1,14-15). En la predicación apostólica, significa la buena noticia de la muerte y resurrección de Jesús, porque en estos acontecimientos descubrían que Dios había comenzado a cumplir sus promesas.

El evangelio y su mensaje es uno, pero está expresado en diversas teologías o diversos enfoques según los diversos escritos. Tenemos en primer lugar el enfoque de los cuatro Evangelios y del Libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos ofrecen una teología de la memoria de Jesús; estos libros tienen como finalidad demostrar que la predicación de Jesús es algo histórico y no un sistema ideológico abstracto. Luego se encuentra la teología kerigmática, propia de la mayor parte de las Epístolas de San Pablo y de la Epístola a los Hebreos: es la teología del anuncio, del pregón de aquello que los apóstoles han vivido y experimentado, experiencia centrada en la resurrección del crucificado. La teología de la praxis consiste en orientaciones sobre práctica de la vida cristiana; es verdad que casi todas las cartas contienen alguna orientación en este sentido, pero algunas, como la de Santiago y la primera de Pedro, lo hacen con una insistencia particular. Otras, como la de Judas, la segunda de Pedro y las de Juan, se centran más concretamente en orientaciones para los casos de divisiones internas en las comunidades. Finalmente tenemos la teología profética, propia del Apocalipsis, que entronca con el profetismo del Antiguo Testamento y proporciona elementos para una interpretación de la historia a la luz de la venida de Cristo.

El Evangelio de San Mateo

Mateo era perceptor de impuestos en Cafarnaum, por donde pasaba el "camino del mar" que recorrían las caravanas que desde el interior de Siria se dirigían a los centros mercantiles del Mediterráneo y de Egipto. La vocación de Mateo al apostolado se conoce con cierto detalle, como en general la de los principales seguidores de Jesús. Su condición de publicano le situaba moralmente al margen de la sociedad palestina, que consideraba a los recaudadores de impuestos como pecadores públicos por razón de su odiado oficio. Jesús, pasando por Cafarnaum, vio a Mateo en su escritorio y le invitó a que le siguiese. Mateo respondió a su llamada e invitó a sus compañeros a un solemne banquete de despedida, al cual asistió Jesús. Emprendió así la sublime aventura del apostolado abandonando sus registros y su oro, a los que no podría ya volver.

Testigo fiel de la vida de Cristo, recogió primero en lengua aramea un considerable caudal de "dichos" y actos (sobre todo de discursos) del Salvador, particularmente en vistas a una apología del cristianismo ante los judíos. El Evangelio de San Mateo es el primero de los Evangelios, y fue escrito en Jerusalén, originalmente en lengua aramea, traduciéndose luego al griego. No se conoce exactamente la fecha de su composición. Según el testimonio de San Ireneo, que afirma que lo escribió "mientras San Pedro y San Pablo divulgaban la buena nueva del Evangelio en Roma", cabe suponer que fue alrededor de los años 63-67 d.C. Junto con los Evangelios de San Marcos y San Lucas constituye el grupo de los tres Evangelios llamados "sinópticos", semejantes por su léxico, por la selección de los relatos y por el orden, y tan sólo diferentes en ciertos detalles.

El libro se divide en tres partes. La primera narra la infancia de Jesús y su vida oculta (I, 11): la genealogía de Jesús, la concepción virginal y el nacimiento del Salvador, la adoración de los Magos, la huida a Egipto y el retorno de este país. La segunda parte describe la vida pública de Jesús (III-XXV). Se presentan algunos hechos de su predicación, así como las circunstancias que vienen a demostrar que Jesús, aunque rechazado por el Sanedrín, es el Mesías, a la vez que señalan la verdadera naturaleza del reino de Dios. Finalmente, la parte tercera relata la pasión y el triunfo de Cristo (XXVI-XXVII): los preparativos de la Pasión, la Pasión y muerte de Jesús, su glorificación, resurrección y apariciones. La conexión entre los diversos episodios se realiza mediante procedimientos muy elementales, y, a veces, resumiendo lo que anteriormente se ha dicho.

El relato de San Mateo no constituye una biografía histórica de Jesús, como tampoco lo son las narraciones de los demás evangelistas. San Mateo reúne y enlaza las palabras y hechos de Jesús, pronunciadas o acaecidos en circunstancias diversas. La predicación de Jesús, las parábolas (en número de ocho), las máximas y los discursos mantienen esta estrecha unión. Ha sido posible concretar en San Mateo una distribución de los relatos y máximas en tríadas y septenarios. Así, la tentación tiene tres episodios, y Jesús reza por tres veces en Getsemaní. El número siete es el de las virtudes, las peticiones del Padre Nuestro, las parábolas del capítulo XIII, las maldiciones del capítulo XIII; también se recomienda perdonar setenta veces siete (XVIII, 22).

En conjunto puede decirse que si el estilo de San Mateo ofrece algunas características peculiares, éstas no le alejan, como a otros escritores sagrados, de la lengua clásica. Comparado con el de San Marcos, el vocabulario del Evangelio de San Mateo contiene menor proporción de elementos que no se encuentran en la lengua clásica ni en los escritores. En cambio, el narrador se muestra completamente extraño a la cultura grecolatina, habituado a la lectura de la Biblia griega, de la que adopta la especial fraseología. Largos discursos rompen la monotonía de la narración. Entre ellos es celebérrimo el "Sermón de la Montaña", tan elevado de contenido como penetrado de verdadera poesía. Asimismo, la invectiva contra los fariseos recuerda el apasionamiento de algunos fragmentos proféticos de Isaías. Las numerosas máximas confieren una originalidad característica al Evangelio de San Mateo. Tranquilo y objetivo en su relato, Mateo revela cualidades de orden y de armonía que evidentemente responden a su mentalidad semítica, y no renuncia a dejar que asomen de vez en cuando indicios de su antigua profesión, como puede verse por sus precisas referencias a todo cuanto tiene que ver con el comercio y con la moneda.

La preocupación por cimentar la vida de Jesús en las profecías del Antiguo Testamento da a su breve libro un tono solemne, con ecos que se pierden en la lejanía de los milenios. Los primeros adversarios paganos del cristianismo, Celso, Porfirio y Juliano, hacían hincapié en la vocación de Mateo para acusar a la nueva religión de inhumana locura; pero si el gesto de Mateo fue el resultado de una madura meditación sobre cuanto Jesús había dicho y hecho en Cafarnaum, no por ello perdió ni un ápice de su valentía, y revela una audacia de la que los antiguos no tenían ejemplo. El "sermón de la montaña", que Mateo es el único que transcribe ampliamente (cap. V-VII), es uno de los signos de su sensibilidad religiosa y poética.

El Evangelio de San Marcos

En la historia de la Iglesia primitiva, Marcos es una figura secundaria, pero llena de gracia y de vivacidad. Muchos autores le sitúan en el relato evangélico, identificándole con el jovencito que, en Getsemaní, apareció vestido únicamente con una sábana, despertado por el barullo de la gente armada que había llegado para capturar a Jesús. También fueron puestas las manos sobre el incauto espectador, quien, sin embargo, abandonando su ligera indumentaria, logró escapar (Evangelio de San Marcos, cap. XIV, 51).

Marcos fue uno de aquellos apreciables hombres que renuncian a destacar para consagrarse al servicio de una personalidad de mayores iniciativas. De familia acomodada, dio sus primeros pasos en el apostolado con su primo San Bernabé y con San Pablo, a quienes sirvió como "ministro" en el primer viaje misionero, reservándose las funciones exteriores para aliviar a aquéllos. Inesperadamente, le faltaron los ánimos y quiso volver atrás, y así, en el siguiente viaje, San Pablo no le quiso entre sus acompañantes.

Aparece luego en Asia Menor asociado al ministerio de San Pedro, quien le dio pruebas de un cariño paternal. En Roma fue nuevamente compañero de San Pablo, que le manifestó particular estimación preguntando por él desde Éfeso en la época de su último cautiverio. En la Ciudad Eterna se le pidió que reuniera los recuerdos de San Pedro acerca de la vida de Jesús, y, de esta suerte, escribió el segundo Evangelio, en el que la divina figura del Maestro revive con una riqueza de matices concretos y de colores que hacen de la minúscula obrita la biografía más rápida pero asimismo más ágil y dramática de Jesús.

Una tradición histórica segura sitúa en efecto la redacción de este Evangelio en estrecha dependencia con el Apóstol Pedro. Los testimonios al respecto de Papias, de San Justino o de Ireneo, en una época cercana al autor, son en extremo importantes. San Clemente de Alejandría añade: "algunos oyentes de las predicaciones de San Pedro en Roma rogaron a Marcos que pusiera para ellos por escrito lo que predicaba Pedro... Marcos los había contentado. Cuando Pedro lo supo, no prohibió a Marcos que lo publicase ni lo animó a ello; pero luego de reconocer la verdad de lo que allí estaba escrito, aprobó el contenido". Una confirmación de que "Marcos escribió su Evangelio como oyó del Apóstol Pedro" la tenemos en el mismo texto. En efecto, en él se ponen de relieve las acciones de Pedro que redundan en su desdoro y, en cambio, se callan las contadas por otros evangelistas, que redundan en su gloria. Así, San Marcos describe más minuciosamente que los otros evangelistas la triple negación de Pedro. Entre los discursos de Pedro en los Hechos de los Apóstoles y el segundo Evangelio se advierte además una analogía de concepción y desarrollo de catequesis que hace verosímil la existencia de una relación de dependencia entre las dos obras.

Escrito en lengua griega en Roma, en fecha incierta, el Evangelio de San Marcos es el más breve de los cuatro. Prescinde de exponer noticia alguna de la vida infantil de Jesús, y cuenta sólo su vida pública, comenzando con las palabras "Principio del Evangelio de Jesucristo Hijo de Dios". Puede dividirse en cuatro partes. En la primera, la del comienzo del ministerio público, se desarrollan la predicación de Juan Bautista en el desierto (I, 1-5) de donde le viene al evangelista el símbolo del león; el bautismo de Jesús y su retiro en el desierto (I, 9-13); la predicación del Evangelio del Reino de Dios en Cafarnaum y en sus alrededores (I, 14-III, 35), y la enseñanza y los milagros en torno al lago de Tiberíades (IV, 1 - V, 43). La segunda parte relata el ministerio de Jesús en Galilea; Jesús vuelve a su Patria, escoge a sus discípulos, y con ellos se va luego más allá del mar de Tiberíades (VI, 1 - VII, 23); de allí a la Galilea septentrional, a Tiro y Sidón; después de haber obrado milagros pasa por Cesarea de Filipo, desciende al Tabor y finalmente se vuelve a hallar en Cafarnaum (VII, 24-IX, 50). En la tercera parte, Jesús cruza Perea y va a Judea (X). En la cuarta y última son descritas la Semana Santa y la Pasión (XI, 1 - XVI, 18). El Apéndice (XVI, 19 - XX) trata de la misión de Jesús y de la eficacia de la misión Apostólica.

Prescindiendo de la primera parte, que puede ser considerada como un proemio, en la segunda, dedicada al ministerio de Jesús en Galilea, el orden de las narraciones parece ser histórico y geográfico, como lo demuestran las muchas indicaciones espaciales y temporales. Sin embargo, no puede excluirse que este orden sea un poco artificial; no es, en efecto, muy verosímil que Jesús no hubiera pasado nunca dos veces por la misma región. Como en el Evangelio de San Mateo, también en éste se nota un progreso lento en la revelación mesiánica. Jesús, al comienzo de su ministerio, no hace indicación alguna a sus discípulos de su misión; los prepara poco a poco, y finalmente hace proclamar a Pedro que Él es el Mesías Hijo de Dios. Da a conocer progresivamente lo que debe ser el reino mesiánico y llega a predecir muy tarde su Pasión, Muerte y Resurrección.

El relato de San Marcos es, en general, idéntico al de San Mateo y San Lucas. Sólo contiene cinco trozos propios: dos parábolas, dos milagros y un fragmento histórico en el capítulo tercero (III, 20-21), que refiere la inquietud de los padres de Jesús. Las dos parábolas propias de San Marcos son las de la semilla que crece (IV, 26-29) y la del amo que parte de su casa y no sabe cuándo volverá (XIII-34). Los dos milagros son la curación de un sordomudo (VII, 31-36) y la curación del ciego de Betsaida (VIII, 22-26). San Marcos nos ha legado además algunas frases características de Jesús, pasadas en silencio por otros evangelistas: "El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado" (I, 27) o "Todas estas cosas malas proceden de dentro" (VII, 22). Los sentimientos de odio que se manifiestan en los adversarios de Jesús son expresados de la misma manera por los otros dos Sinópticos, pero hay un pormenor de gran importancia: los Herodianos se habían unido con los Fariseos y los Escribas contra Jesús (III, 6).

San Marcos da a conocer las disposiciones de los discípulos hacia el Maestro, pero refiere además los sentimientos y las impresiones del propio Jesús: "Jesús, vueltos los ojos hacia ellos con ira" (II, 5); "tuvo compasión de la muchedumbre que le seguía porque eran como ovejas que no tienen pastor, y se puso a instruirlos largamente" (VI, 34). Otra de las características de San Marcos es su procedimiento de dramatizar la narración: no expone los hechos sino que los traduce en acción y pone en boca de Jesús el discurso directo.

Frente a los otros evangelistas, aparecen además como peculiaridades de Marcos su percepción de lo popular y su estilo agudo y literariamente despreocupado. La tradición habla de su origen levítico e indica una particularidad fisiológica suya: tenía los dedos cortos. Simbolizado, como los otros evangelistas, por uno de los cuatro ríos terminales y, posteriormente, por el león alado del Apocalipsis, la iconografía medieval lo representó a menudo acompañado por San Pedro, que le dicta el Evangelio.

El Evangelio de San Lucas

Al evangelista Lucas, discípulo y compañero de San Pablo en sus últimos viajes y en su prisión en Roma, se le atribuye el tercer Evangelio; la autenticidad del libro quedó acreditada por el testimonio patrístico y el canon de Muratori. Médico de profesión y antioqueno, San Lucas es el más erudito de los autores del Nuevo Testamento. Escritor doctísimo y escrupuloso historiador, emplea a veces un griego de refinada elegancia, y en algunos casos no rehuye la imitación de modelos semíticos. Dante le definió como "el cronista de la magnanimidad de Cristo", y, efectivamente, Lucas se muestra sensible a cuantos dichos y hechos del Maestro expresan a lo vivo el espíritu de caridad del Evangelio.

Dotado de una sensibilidad delicadísima, pone cuidadosamente de relieve el papel de las mujeres en la historia de Jesús, y narra con gracia inimitable los episodios de la infancia del Salvador. El arte le debe todos los temas de inspiración evangélica más apreciados y frecuentes. Una tradición le hace pintor; de esta profesión conoció, si no la técnica, por lo menos el arte de una representación esencial y dramática de los acontecimientos. San Lucas recogió las parábolas de Jesús más expresivas y de supremo valor no solamente religioso y humano, sino también literario (por ejemplo, El hijo pródigo, El buen samaritano, Lázaro y el rico Epulón o El fariseo y el publicano).

Autor también de los Hechos de los Apóstoles, San Lucas tuvo conciencia de ser el primer historiador del cristianismo, y elaboró las dos obras con segura intuición y método riguroso. La presencia de su personalidad sólo se vislumbra a través del gusto y de la medida con que dispone y refiere el material que había ido recogiendo de fuentes incontrovertibles mediante largas indagaciones. Dijo Renan que el Evangelio de San Lucas es el mejor libro que jamás se haya escrito; y hubiera podido añadir que la personalidad de su autor es una de las más vivas y cordiales de cuantas gravitan en la órbita de los protagonistas principales de la historia del cristianismo primitivo. Además de ser el primer historiador cristiano, es también el primer artista de la nueva religión. En la proximidad de San Pablo, Lucas vivió un cristianismo profundo, cuyos orígenes y primeros progresos expresó bajo el sello de la poesía y la verdad.

Escrito en griego entre los años 60-63 d. de C., el Evangelio de San Lucas fue quizás compuesto en la misma capital romana. En su organización, admirable incluso desde el punto de vista literario, pueden apreciarse, tras un prefacio (I, 1-4), cinco partes. Primera parte: infancia; anuncio del Precursor y del nacimiento de Jesús; visita de María a Santa Isabel; nacimiento del Precursor y de Jesús; presentación en el Templo; Jesús entre los doctores (I, 5 - II, 52). Segunda parte: preparación a la vida pública; predicación de San Juan Bautista; bautismo (genealogía) y tentaciones de Jesús (III-IV,13); ministerio de Jesús en Galilea; milagros y predicación, como en los otros Sinópticos (IV, 14 - IX, 50). Tercera parte: último viaje de Jesús desde Galilea a Jerusalén; milagros y predicación, como en los otros Sinópticos (IX, 51 - XIX, 28). Cuarta parte: historia de la pasión y muerte de Jesús, como en los otros Sinópticos (XIX, 29 - XXIII, 55). Quinta parte: resurrección de Jesús, su aparición, su ascensión (XXIV, 1-52).

Los episodios que aparecen exclusivamente en el Evangelio de San Lucas son muy numerosos. Desde el punto de vista lingüístico, el vocabulario es más rico que el de los demás evangelistas y autores sagrados; y si bien el libro debe incluirse entre las producciones del griego vulgar, posee con todo una superioridad que lo aproxima a los clásicos. Lucas evita hebraísmos, aramaísmos y latinismos; sabe componer con arte y dar a sus narraciones un carácter a la vez simple y grandioso, expresar con gracia los diversos sentimientos de las personas que introduce en escena y retratarlas de manera perfecta.

El evangelista advierte en el prefacio que se propone hacer una obra histórica. En su prólogo imita a los grandes historiadores griegos (Herodoto, Tucídides y Polibio), y, a semejanza de ellos, comienza su libro señalando las fuentes en que se inspiran sus relatos, cómo los compone y el objetivo que persigue. Relaciona sus datos cronológicos con los de la historia profana (II, 13-III, 1), pero, al igual que los otros Sinópticos, no es un simple cronista de la vida de Jesús; algunas veces, como San Mateo y San Marcos, reúne discursos y milagros hechos en distintas circunstancias. Desde el punto de vista doctrinal, el Evangelio de San Lucas es llamado "ebionita", es decir, Evangelio de los pobres. La pobreza triunfa sobre la riqueza terrena, y, en medio de una luz maravillosa, aparece la doctrina de la salvación universal: el individualismo judío queda vencido.

El Evangelio de San Juan

Autor además del Apocalipsis y de tres Epístolas, San Juan prevalece netamente sobre los demás evangelistas incluso en la iconografía, gracias al importante lugar que corresponde a Juan en todas las representaciones de la cena y de la crucifixión. Entre los doce discípulos que siguieron a Jesucristo, San Juan es el personaje más claramente dibujado por los Evangelios. Ya los tres Sinópticos dan a su figura un especial relieve, pero los escritos del propio Juan le añaden abundantes recuerdos personales y revelan, en un lenguaje humilde y sutil, los más recónditos pliegues de su alma. La misma perífrasis con que Juan se designa tímidamente a sí mismo como "el discípulo amado de Jesús", recoge de lleno, resumiéndolas, las características de su personalidad y de la aventura espiritual a que ésta estaba destinada. En efecto, sólo gracias a aquella predilección de Jesús se pone de manifiesto su riqueza interior.

Nacido en el seno de una acomodada familia de pescadores de Cafarnaum o de la vecina Betsaida, San Juan fue uno de los primeros seguidores de Jesús y formó parte de aquel triunvirato de íntimos que tuvo el privilegio de asistir a los episodios más significativos de la vida del maestro, como la resurrección de la hija de Jairo o la agonía de Getsemaní. En la última cena, San Juan reposó la cabeza en el pecho de Cristo (si se identifica a Juan con el anónimo discípulo predilecto del cuarto Evangelio) y fue el único de los Apóstoles que estuvo presente en la crucifixión.

El evangelista fue acogido en la familia carnal de Jesús, convirtiéndose en el fiel guardián de María, y llegó a ser el más sublime cantor del amor cristiano. Suya es la frase "Dios es amor", y, antes de ser desterrado a Patmos, y luego de haber sufrido, según se cuenta, la inmersión en una caldera de aceite hirviendo sin sentir daño alguno, aconsejaba a los discípulos: "Hijos míos, amaos los unos a los otros. Éste es el gran precepto que Cristo nos ha enseñado". Las últimas palabras que Jesucristo le dirige en la tierra son casi una duda, una alusión simbólica y ciertamente el signo de un destino singular: "¿Y si yo quiero que éste se quede hasta mi regreso?..." (Juan, XXI, 21-22). Por ello, en su vejez, se difundió el rumor de que no moriría hasta el regreso de Cristo. Falleció al parecer en Éfeso, a muy avanzada edad.

Escrito en lengua griega (e indudablemente en Éfeso, según el autorizado testimonio de San Ireneo), el Evangelio de San Juan suscitó largas controversias acerca de la fecha exacta de su composición. Teniendo en cuenta, sin embargo, el hecho de que el apóstol lo escribió en edad avanzada (como lo atestiguan Epifanio y Eusebio), al regresar de su destierro bajo el emperador Nerva (96-98), y que, según refiere San Jerónimo, su autor murió 68 años después de la Pasión de Jesús, puede establecerse casi con certeza la fecha de la redacción alrededor de los años 96-98 d. de C.

Los dos papiros Ryland's y Egerton, descubiertos respectivamente en 1920 y 1934 en Egipto, nos hacen saber que este Evangelio era reconocido e incluso iba unido a los evangelios sinópticos desde la primera mitad del siglo II. El libro comienza con un prólogo en donde se contiene, más aún que en las páginas de San Pablo, gran parte de la teología cristiana. En él (I, 1-18) se presenta a la persona del verbo de Dios, Luz y Vida, que se manifiesta por medio de la creación y de la encarnación y que da, a los que le reciben creyendo en él, la filiación divina. Ya en estas afirmaciones iniciales aparecen las tres verdades predicadas en todo el libro: Jesús está unido sustancialmente con Dios Padre; es luz (verdad) y vida (gracia) de los hombres; es, finalmente, verdadero Dios.

En la primera parte (I, 19-XII, 50) Jesucristo es revelado al mundo; resplandece en las tinieblas que no quieren recibirle. Esta manifestación de Jesús viene preparada mediante el testimonio de Juan Bautista, la vocación de los discípulos y un primer milagro en el que resplandece la gloria de Cristo. Sigue la primera manifestación pública en Judea, tras la cual es recibido primero por los samaritanos y después por los galileos como Salvador del mundo. Una nueva manifestación en Jerusalén, con el milagro de la piscina probática, suscita el odio de los judíos. En Galilea, Cristo se revela como pan de vida y lo confirma con el milagro de la multiplicación de los panes; el pueblo no cree, ni tampoco sus discípulos; sólo Pedro expresa su fe en las palabras del Salvador.

En los capítulos VII, VIII, IX y X Jesús precisa mucho más su doctrina, con el consiguiente acrecentamiento de la animosidad por parte de los fariseos. Es luz del mundo, y lo demuestra con la curación del ciego de nacimiento. El milagro de la resurrección de Lázaro revela todo su poder y confirma su misión. Jesús va a Efraim, después a Betania en casa de Lázaro, entra triunfalmente en Jerusalén y, por última vez, habla de su grandeza y de su futura exaltación. Llegado a este punto, el evangelista parece hacer una recopilación de lo antedicho hablando de las causas de la incredulidad y aduciendo una categórica afirmación de Cristo.

En la segunda parte (XIII-XXI, 25), resplandece la caridad de Cristo para con sus discípulos. Les da en la última cena los supremos ejemplos de caridad y humildad, y en un postrer discurso los consuela y los confirma en su fe. En su última oración al Padre, Jesús pide su glorificación, la protección y la santificación para sus Apóstoles y la caridad y la unión para todos los que han de creer en él. Desde el capítulo XVIII al XXI, 24 se pone de manifiesto la caridad de Cristo, y su condición mesiánica en la Pasión y en la Resurrección. Los dos últimos versículos nos dan indicaciones acerca del autor del Evangelio y nos informan de que en él no se contiene todo cuanto hizo Jesús.

El carácter más sobresaliente de este Evangelio, si se confronta con los Sinópticos, es su riqueza en discursos y su pobreza en relatos. Esa tendencia sobre todo doctrinal no excluye una exposición histórica. Pero su cronología se limita a las grandes líneas, a la distribución de la vida de Cristo dentro de las Pascuas. El evangelista se propuso un triple objetivo. El primero, dogmático, probar que Jesús es el Mesías anunciado por los Profetas, el verdadero Hijo de Dios (II, 17; III, 14; III, 18; XIX, 24, 28, 36; XX, 31). Jesús es descrito continuamente como el verdadero Prometido por los Profetas, y su divinidad queda claramente atestiguada en todo el libro.

El segundo objetivo que San Juan se propone es apologético: refutar el error de Cerinto, que negaba la divinidad de Cristo; refuta también a los ebionitas, reos de la misma herejía. No pudo pensar en las herejías gnósticas y de Marción, las cuales surgieron posteriormente, pero puede decirse que las destruyó de antemano. Su tercer objetivo es histórico: es evidente en San Juan la intención de completar la narración de los Sinópticos. San Clemente de Alejandría observa que la misión terrena de Jesús había sido confirmada en los otros tres Evangelios, y que a San Juan le incumbía narrar los hechos que atestiguaban el ministerio divino de Jesucristo. Y el propio evangelista lo confirmó (XX, 31).

Por ello descarta muchos hechos que supone conocidos por medio de los otros Evangelios; no refiere todos los preceptos morales del Sermón de la Montaña, no reseña más que cinco milagros de Jesús, no menciona el viaje de Jesús a Galilea; sólo recuerda los milagros y los admirables discursos de Jesús en Judea y en Jerusalén, que los otros habían callado. Si consigna dos únicos hechos anteriores a la Pasión, referidos ya por los Sinópticos (la multiplicación de los panes y el paso de Jesús sobre las olas) es para mejor explicar las palabras del Salvador en Judea y en Jerusalén. Añade, además, el episodio del lavatorio de los pies a la cena, fija la época del encarcelamiento de Juan Bautista, precisa el lugar de las tres negaciones de Pedro, determina las cuatro Pascuas y proporciona el medio de coordinar todos los acontecimientos narrados por los otros tres evangelistas y de establecer una concordancia exacta.

El Evangelio de San Juan procede por afirmaciones teológicas presentadas con autoridad y solemnidad y con elevada forma literaria; el episodio de Jesús y la Samaritana y la narración de la resurrección de Lázaro pueden ser comparados con las mejores páginas de San Lucas. Algún relato, como el de la curación del ciego de nacimiento, tiene en cambio un color más semítico, más próximo al estilo de San Marcos. San Juan es dogmático y teólogo por excelencia: es el poeta y filósofo del espiritualismo católico. Orígenes decía: "Si los Sinópticos son la primicia y la parte mejor de la Sagrada Escritura, el Evangelio de San Juan es la primicia de los Sinópticos y de todo el Nuevo Testamento". San Juan posee en sí algo más dulce y afectuoso que los otros evangelistas: se complace en narrar cándidamente el amor que Jesús sentía por él, y, al formular la teología del cristianismo, acentúa los valores llenos de amor y de misericordia que ya no se separarían de la religión.

El Cristianismo

El cristianismo es en la actualidad la religión con mayor número de adeptos en todo el mundo: casi una tercera parte de la humanidad es cristiana (en torno a los dos mil millones de personas) y por su capacidad de adaptación se halla presente en todos los continentes. A lo largo de los dos mil años de su historia, aparecieron en su seno de diferencias y escisiones que han dado lugar a una pluralidad de Iglesias. Todas ellas coinciden en unas creencias fundamentales (la unidad de Dios y la mesianidad y divinidad de Jesús), pero difieren en la estructura institucional, la valoración de determinadas tradiciones bíblicas y eclesiásticas y el ordenamiento de los ritos comunitarios.

Pueden establecerse tres grandes bloques a los que, prescindiendo de diferencias menores dentro de cada grupo, podemos denominar cristianismo católico, ortodoxo oriental y reformado o protestante. Esas tres grandes Iglesias (Católica, Ortodoxa y Protestante) comparten esencialmente las mismas escrituras sagradas (la Biblia) y surgen después de un primer milenio de cristianismo indiviso, aunque no exento de herejías que sufrieron marginaciones y persecuciones.

Los orígenes

Conocemos los orígenes y formación del cristianismo por, en primer lugar, los libros del Nuevo Testamento, que refieren la vida y muerte de Jesús y algunos hechos relativos al establecimiento de la Iglesia. Aun siendo escritos de creyentes en el mensaje cristiano, y no tratarse, en consecuencia, de testimonios imparciales, muchos de sus informes responden perfectamente a la ideología y las costumbres del medio judío y el mundo helenístico-romano en que se sitúan los hechos. Por otra parte, aunque representen una defensa de la realidad cristiana, constituyen un testimonio palpitante y sincero más que una apología a toda costa. Basta pensar en el papel poco airoso que repetidas veces hacen los primeros dirigentes de la comunidad, los apóstoles de Jesús: obtusos, egoístas, cobardes y hasta desleales al Maestro. El retrato del propio Jesús rebosa humanidad incluso en su misma actividad taumatúrgica de curar enfermos y expulsar demonios.

El Evangelio de Lucas intenta conectar el hecho cristiano con algunos acontecimientos de la historia universal: "En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea..." (Lucas 3, l) inició Juan Bautista su actividad de predicador, exhortando al pueblo a la conversión de sus pecados y a recibir un bautismo de penitencia, que él administraba en las aguas del Jordán.

Allí acudió Jesús para ser bautizado por Juan. Y, tras retirarse al desierto para un período de meditación de cuarenta días, Jesús dio comienzo a su ministerio público, que se prolongaría unos tres años, según el cómputo más probable. De entre los primeros seguidores eligió a doce, a los que llamó "apóstoles" o emisarios, porque pronto los enviaría a predicar su mensaje, que en esencia decía: "Se ha cumplido el tiempo; el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el evangelio" (Marcos 1, 15). Todo en un lenguaje que sólo era accesible a los creyentes de Israel, pues eran expresiones e ideas del Antiguo Testamento.

Jesús enseñaba en las sinagogas, las plazas, los campos y a orillas del lago galileo de Genezaret, comentando pasajes de los profetas y preceptos de la Ley, con gran aceptación del público sencillo y con recelo primero y con hostilidad después por parte de los dirigentes religiosos y del sacerdocio oficial, representados por las sectas de los fariseos y los saduceos. Su mensaje del reino de Dios se envolvía en parábolas o comparaciones tomadas de la vida agraria y doméstica que captaban la atención de los oyentes por su tono vivo y familiar.

Jesús y sus primeros discípulos veía su actividad misionera como el cumplimiento de los vaticinios de los profetas que anunciaban la liberación de los pobres, los oprimidos y los enfermos. Desde el primer momento tomó el partido del pueblo y de los pecadores y marginados con una apertura y humanidad que irritaban la mentalidad legalista de los bienpensantes. La irritación subió de tono ante la autoridad personal con que Jesús exponía sus ideas sin recurrir a la autoridad de los maestros. El clamor de la gente era que nadie había hablado como él ni nadie había tenido sus poderes milagrosos para curar a los enfermos.

El Sermón de la Montaña (Mateo 5-7; Lucas 6, 20-49) resume el mensaje religioso y ético de Jesús, al paso que define su manera de actuar, que nada tenía que ver con un mesianismo violento y belicoso, como esperaban y anhelaban los zelotas en su odio contra Roma. Después de la que se ha llamado "crisis galilaica", por la cual las gentes desilusionadas de su pacifismo volvieron la espalda a Jesús, no era difícil prever un desenlace trágico. Jesús tuvo conciencia de ello y anunció repetidas veces su pasión y muerte a los discípulos, como testifican al unísono los tres primeros evangelios.

Con su entrada festiva y pacífica en Jerusalén cabalgando un asno, Jesús defraudó por completo a los violentos, aunque la simpatía del pueblo exacerbó aún más la envidia y los temores de los dirigentes judíos. En vísperas de la gran fiesta religiosa de la primavera, celebró la cena pascual con sus discípulos, dando a su muerte un carácter sacrificial de expiación, que ya anteriormente había sugerido. El rito iba a repetirse con sus elementos esenciales del pan y del vino en la cena del Señor o eucaristía cristiana.

Los criados del sumo sacerdote Caifás y de otros jerarcas lo apresaron en el Monte de los Olivos, al este de Jerusalén. Los dirigentes judíos lo condenaron por blasfemo, señalando que se hacía pasar por Mesías e Hijo de Dios, y lo acusaron ante el procurador romano de rebeldía contra Roma. Y Pilato lo condenó a muerte de cruz. La sentencia se ejecutó probablemente el 7 de abril del año 30 de la era cristiana.

La expansión del cristianismo

Todo parecía haber acabado de la forma más lastimosa: el héroe clavado en una cruz y sus discípulos desilusionados en sus esperanzas, huidos y escondidos por temor a las represalias de los dirigentes del pueblo. Pero al tercer día algunas mujeres creyentes, con María Magdalena a la cabeza, sobresaltaron a Pedro y a otros discípulos anunciándoles que el Señor había resucitado y que lo habían visto vivo. Los propios discípulos comprobaron el suceso y pronto se reunieron y salieron a la calle proclamando impávidos el hecho portentoso. Al testimonio de Jesús, que ellos habían aceptado, se sumaba ahora su testimonio personal y decidido, que muchos aceptaron entrando en la nueva comunidad religiosa mediante la confesión de creyente en Jesús y a través del rito del bautismo en su nombre.

Los primeros adeptos eran judíos monoteístas, que no vieron dificultad alguna en conciliar su monoteísmo con la fe en Jesús como Mesías davídico y como Hijo de Dios. Pronto se sumaron al grupo personas procedentes de la gentilidad, a las que el proselitismo judío había acercado a la fe israelita y que se llamaban "prosélitos" o "temerosos de Dios". Por motivos de peregrinación y de comercio había muchos en Jerusalén, y al poco tiempo su número igualaba al de los cristianos descendientes de Abraham.

Jesús había limitado su actividad predicadora y curativa "a las ovejas de la casa de Israel", con apenas alguna breve incursión en el territorio pagano de Fenicia. Sin embargo, su mensaje de amor universal, del reino de Dios que acogía a todos y del Padre celestial que lo era de todos los hombres, rompía cualquier frontera nacionalista. Era el germen minúsculo que acabaría en árbol frondoso para dar sombra a todos. Pero los apóstoles, judíos todos de nacimiento y de mentalidad, tuvieron sus dudas acerca de los destinatarios del mensaje cristiano: si judíos solos o judíos y gentiles, igualados todos por la fe en Jesús y por el bautismo. El llamado "concilio de Jerusalén", celebrado el año 49, se hizo eco del problema buscando una solución consensuada.

Pero el gran paso adelante lo dio un judío llamado Pablo, que había nacido en Tarso (Asia Menor). Ciudadano romano, había estudiado en Jerusalén con el famoso rabino Gamaliel, y desplegó un gran celo en la defensa verbal y armada del judaísmo, llegando a perseguir violentamente a los seguidores de Jesús. Una fuerte vivencia personal cambió por completo su manera de pensar y se hizo cristiano en Damasco, capital de Siria, tomando el nombre romano de Paulus, Pablo. Nadie en la historia, a excepción de Jesús, iba a ser más determinante para el destino del cristianismo.

En sus incansables viajes misioneros por todo el Imperio Romano, Pablo fundó numerosas iglesias locales, cuya fe alentó con sus cartas, que constituyen el primer testimonio escrito de la nueva religión y una parte sustancial del Nuevo Testamento. Aun siendo santa y santísima la Ley de Moisés, afirma Pablo, no justifica ni santifica al hombre: eso lo hace la fe, como lo afirma el texto del Génesis 15, 6, que también aseguraba que todas las naciones serían bendecidas por el gran patriarca Abraham (Génesis 12, 3). La muerte de Jesús, interpretada a la luz de su resurrección, tenía un valor universal de rescate y reconciliación para todas las personas, cualesquiera que fuesen su nacionalidad, estado social y sexo: "Ya no hay judío ni griego; ya no hay esclavo ni libre; ya no hay varón ni mujer, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3, 28). Quedaba conjurado un cisma o ruptura inicial. No habría más que una Iglesia universal y única, cobijando a judíos y a gentiles, aunados en la única fe en Jesucristo. Ése era el hecho decisivo que borraba todas las desigualdades y diferencias.

La institucionalización

Todas las comunidades cristianas locales compartían la misma fe en Jesús y en la acción misteriosa de su Espíritu; todas practicaban los mismos ritos, que esencialmente consistían en la recepción del bautismo como ceremonia iniciática de admisión y la celebración de la Cena del Señor. Pero hasta finales del siglo I no constituyeron una verdadera sociedad institucionalizada. Antes de ello no hubo propiamente una clase sacerdotal, equivalente por ejemplo a la judía del templo de Jerusalén o a las que pululaban en torno a los cultos helenístico-romanos. La dirección colegiada corría a cargo de los "presbíteros" (ancianos), los "diáconos" (servidores) y los "obispos" (supervisores), hasta que estos últimos aparecen a la cabeza de cada comunidad eclesial. Hasta entonces la dirección de las Iglesias había estado en manos de personajes carismáticos especiales, como eran los apóstoles, los profetas y los doctores, contando las dotes espirituales más que las administrativas. El denominado "episcopado monárquico", con un solo obispo al frente de cada comunidad, se inicia finales del siglo I.

La palabra "obispo" procede del griego epískopos, "inspector", "vigilante". Un texto de los Hechos de los Apóstoles los entiende en el sentido de personas que se mantienen "vigilantes" para pastorear a la Iglesia del Señor. En la literatura neotestamentaria no se definen con claridad ni su estado ni sus funciones. Puede admitirse que en los primeros momentos las comunidades cristianas estuvieran regidas por un consejo de ancianos y que en una segunda etapa hubiera ya un solo anciano como dirigente de cada comunidad. En los últimos años del siglo I o en los primeros años del siglo II estaba ya generalizado el establecimiento de un obispo al frente y como responsable de cada una de las iglesias locales.

En los primeros tiempos, a juzgar por lo que dice Pablo, el gran núcleo de creyentes de las Iglesias lo formaban gentes de baja condición económica y social: "No hay muchos ricos, no hay muchos sabios..." Si para los desheredados el mensaje cristiano representaba una esperanza de salvación (como la habían representado los cultos mistéricos de la Roma helenizada), para los pudientes y "prudentes", los orígenes ignominiosos de una "secta" judía que además era objeto de persecución no podían resultar demasiado atractivos.

Desde Nerón hasta Diocleciano hubo dos siglos y medio de persecución sangrienta, motivada por la negativa de los cristianos a dar culto al emperador divinizado: se les veía como rebeldes al Imperio, como traidores de lesa majestad. Pero la abundancia de testigos de sangre, como eran los mártires, dio un tono heroico a la existencia cristiana y avivó su conciencia de identidad: los verdaderos cristianos eran los que sufrían pasión y muerte violentas como su Maestro y Señor. Tertuliano, un teólogo del norte de África, veía en la sangre de los mártires la semilla fecunda de cristianos.

La decisión política del emperador Constantino I el Grande de declarar religión lícita el cristianismo mediante el edicto de Milán (313) y convertirla a los pocos años en la religión oficial del Estado supuso un cambio radical para la Iglesia. Los obispos se convirtieron de hecho en funcionarios con poderes espirituales y administrativos, acentuando el carácter piramidal de las comunidades urbanas, a la vez que contribuían al fortalecimiento de las instituciones civiles y, en definitiva, a la estabilidad del Imperio Romano, con un solo Dios, un solo Cristo y un solo emperador.

Las grandes ciudades de Antioquía, Alejandría y Bizancio en el imperio de Oriente, y Roma, en el de Occidente, fueron centros de poder político y económico y sedes episcopales cristianas con autoridad imprecisa pero real sobre las demás. Junto con Jerusalén formaron los cinco patriarcados. Al trasladar Constantino la capital a Bizancio, que desde entonces se llamó Constantinopla, el obispo de Roma gozó de autonomía y poder muy superiores a los de cualquier otro. El prestigio histórico de haber sido Roma evangelizada por Pablo y por Pedro (cuyos cuerpos reposaban allí), reforzó la posición privilegiada de la diócesis romana, sin competencia en Occidente.

La doctrina cristiana

El cese de las persecuciones y el prestigio que representaba su condición de religión oficial facilitaron la expansión del cristianismo hasta los límites del Imperio. Pero al mismo tiempo, al multiplicarse las comunidades con gentes de todos los estratos sociales, resultaba más difícil mantener la unidad de las creencias. Tanto más cuanto que la incorporación al cristianismo de pensadores con personalidad introdujo la reflexión crítica sobre las creencias tradicionales.

Ya desde el siglo II se habían dado desviaciones por obra, sobre todo, de herejías gnósticas. Pero fue en el siglo IV cuando se sintió la necesidad de dar a la institución eclesiástica un depósito bien preciso de verdades indiscutibles, que se apoyaban en la tradición apostólica y que eran aceptadas por la totalidad o la mayoría de las Iglesias locales de más prestigio. Tales verdades se denominaron dogmas, formulados de forma sintética en los símbolos o credos. En principio se pretendió explicar con conceptos de la filosofía griega vigente las realidades que de una manera concreta aparecían en el Nuevo Testamento. Así, se incorporaron conceptos como naturaleza, sustancia, esencia y persona, que no figuraban en la Biblia pero que podían contribuir a su mejor esclarecimiento.

A la fijación de tales postulados fundamentales estaban orientados los concilios y los sínodos eclesiásticos. "Concilio" es palabra latina y "sínodo" vocablo griego, y ambas significan asamblea o reunión. En el lenguaje eclesiástico designan las asambleas de obispos, generalmente convocadas por el emperador, que discutían y definían verdades y fórmulas del credo cristiano. Dentro de ese mismo lenguaje, el concilio pasó a designar las asambleas en teoría ecuménicas (universales), o al menos con participación de obispos de varias regiones, mientras que el sínodo era de carácter más local y reducido.

El primero de los concilios ecuménicos fue el de Nicea (325), que definió la divinidad del Hijo, poniéndola en el mismo plano que la del Padre, contra la doctrina del sacerdote alejandrino Arrio. Los ocho primeros concilios ecuménicos perseguían aclarar conceptos relativos a la Trinidad de Dios y a la personalidad de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Se celebraron en los nueve primeros siglos y su autoridad sigue siendo reconocida por católicos, ortodoxos y buena parte de las Iglesias reformadas.

Debido a la posición de la Iglesia desde el siglo IV en el Imperio Romano y desde el V en el Imperio Bizantino, los concilios estuvieron supervisados y a veces manipulados por el poder estatal (todos se celebraron en Oriente y cuatro en la capital, Constantinopla) y tuvieron en ocasiones hondas repercusiones de índole política y social. La proclamación de la maternidad divina de María en el concilio de Éfeso (431), contra la opinión del patriarca constantinopolitano Nestorio, fue motivo de tumultos populares.

A lo largo de su primer milenio de existencia, el cristianismo fue desarrollándose de forma diferente en los imperios de Occidente y Oriente, y la lucha por el poder entre el Papa de Roma y el Patriarca de Constantinopla condujo al cisma de las dos iglesias (1050). En el imperio de Oriente se constituyó la Iglesia ortodoxa oriental, que se expandió hacia el Norte y evangelizó a los pueblos eslavos. En Roma se constituyó la Iglesia católica y su área de influencia abarcó Europa central y occidental. La Iglesia católica desarrolló un gobierno eclesiástico centralizado y estableció un sistema inmutable de dogmas. En el siglo XVI, la Reforma protestante quebrantó el poderío de la Iglesia y, a pesar de la Contrarreforma, en el norte de Europa florecieron las iglesias reformadas, que se escindieron en numerosas sectas. Hoy el movimiento ecuménico trata de unir de nuevo a todas las iglesias cristianas.

La reflexión teológica y la religiosidad monástica

La primera forma de pensamiento sistematizado la cultivaron los apologistas, con Justino Mártir a la cabeza, ya en los mismos finales del siglo I: se imponía la necesidad de defenderse contra los ataques judíos y paganos y de mejorar la imagen del cristianismo ante la clase pensante del Imperio. El tono polémico no desapareció nunca por completo, habida cuenta de la persistente floración de desviaciones o herejías dentro de la Iglesia; pero el acento cargó en la profundización del misterio cristiano para instrucción de los fieles.

Esa labor la llevaron a término los llamados padres de la Iglesia, con nombres tan ilustres como Orígenes, Tertuliano, Ireneo, Anastasio, los dos Cirilos, de Alejandría y Jerusalén, los tres capadocios (Gregorio Nacianceno, Gregorio Niseno y Basilio), el milanés Ambrosio, el antioqueno Juan Crisóstomo, los papas León y Gregorio Magno, que unificaron desde el dogma a la música (canto gregoriano), el políglota Jerónimo, que trabajó más que ninguno en la Biblia, el hispalense Isidoro, primer "enciclopedista" de Occidente con sus Etimologías, y, por encima de todos en razón de su profundidad mental, su penetración psicológica y su enorme influencia, Agustín, obispo de Hipona y autor de obras tan famosas como las Confesiones y La ciudad de Dios.

Junto a la religión institucionalizada, en las Iglesias egipcias empezó a abrirse paso un anhelo de religiosidad más íntima y alejada de las obligaciones familiares y sociales. Aspiraba a una huida del "mundo" de los hombres, que ya en el Nuevo Testamento (concretamente en Pablo y en Juan) aparecía como un poder contrario a Dios y a Cristo. Así nacieron los monjes, primero en total aislamiento y después en comunidades de anacoretas o retirados, dedicados a la penitencia y el ayuno, al trabajo físico y a la meditación espiritual. En Occidente difundió esa forma de vida ascética Benito de Nursia (Italia), ordenándola con su Regla sensata y mesurada, que se resume en el binomio ora et labora (reza y trabaja). Fue la norma aceptada por todo el monacato occidental, que, con las ramas de Cluny (siglo X) y el Cister (siglo XV), llegó a ser el principal foco de religiosidad, arte y cultura en la Edad Media cristiana hasta la implantación de las universidades y la aparición de las órdenes mendicantes.


VÍDEOS DE Jesús de Nazaret:

A continuación podemos ver un vídeo de Jesús de Nazaret :





FOTOS DE Jesús de Nazaret:

  

ORACION DE Jesús de Nazaret:

  Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

Amén.

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