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Juan Rulfo



BIOGRAFIA DE Juan Rulfo

Nombre Real: Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno.
Ocupación: escritor, guionista y fotógrafo.
Nacimiento: 28 de octubre de 1769.
Lugar de Nacimiento: Sayula, Jalisco, Mexico.
Fallecimiento (†): 7 de enero de 1986 - Ciudad de México.


A Juan Rulfo le bastaron una novela y un libro de cuentos para ocupar un lugar de privilegio dentro de las letras hispanoamericanas. Creador de un universo rural inconfundible, el narrador plasmó en sus narraciones no sólo las peculiaridades de la idiosincrasia mexicana, sino también el drama profundo de la condición humana. El llano en llamas (1953) reúne quince cuentos que reflejan un mundo cerrado y violento donde el costumbrismo tradicional se desplaza para vincularse con los mitos más antiguos de Occidente: la búsqueda del padre, la expulsión del paraíso, la culpa original, la primera pareja, la vida, la muerte. Pedro Páramo (1955) trata los mismos temas de sus relatos, pero los traslada al ámbito de la novela rodeándolos de una atmósfera macabra y poética. Este libro ostenta, además, una prodigiosa arquitectura formal que fragmenta el carácter lineal del relato.

La mítica ciudad de Comala sirve de escenario para la novela y algunos cuentos de Juan Rulfo. Su paisaje es siempre idéntico, una inmensa llanura en la que nunca llueve, valles abrasados, lejanas montañas y pueblos habitados por gente solitaria. Y no es difícil reconocer en esta descripción las características de Sayula, en el Estado de Jalisco, donde el 16 de mayo de 1918 nació el niño que, más tarde, se haría famoso en el mundo de las letras. Su nombre completo era Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno.

Juan Rulfo dividió su infancia entre su pueblo natal y San Gabriel (así se llamaba la actual Ciudad Venustiano Carranza), donde realizó sus primeros estudios y pudo contemplar algunos episodios de la sublevación cristera, violento levantamiento que, al grito de "¡Viva Cristo Rey!" y ante el cómplice silencio de las autoridades eclesiásticas, se opuso a las leyes promulgadas por el presidente Calles para prohibir las manifestaciones públicas del culto y subordinar la Iglesia al Estado.

Rulfo vivió en San Gabriel hasta los diez años, en compañía de su abuela, para ingresar luego en un orfanato donde permaneció cuatro años más. Puede afirmarse, sin temor a incurrir en error, que la rebelión de los cristeros fue determinante en el despertar de su vocación literaria, pues el sacerdote del pueblo, con el deseo de preservar la biblioteca parroquial, la confió a la abuela del niño. Rulfo tuvo así a su alcance, cuando apenas había cumplido los ocho años, todos aquellos libros que no tardaron en llenar sus ratos de ocio.

A los dieciséis años intentó ingresar en la Universidad de Guadalajara, pero no pudo hacerlo pues los estudiantes mantuvieron, por aquel entonces, una interminable huelga que se prolongó a lo largo de año y medio. En Guadalajara publicó sus primeros textos, que aparecieron en la revista Pan, dirigida por Juan José Arreola. Poco después se instaló en México D.F., ciudad que, con algunos intervalos, iba a convertirse en su lugar de residencia y donde, el 7 de enero de 1986, le sorprendería la muerte.

Ya en la capital, intentó de nuevo entrar en la universidad, alentado por su familia a seguir los pasos de su abuelo, pero fracasó en los exámenes para el ingreso en la Facultad de Derecho y se vio obligado a trabajar. Entró entonces en la Secretaría de Gobernación como agente de inmigración; debía localizar a los extranjeros que vivían fuera de la ley. Desempeñó primero sus funciones en la capital para trabajar luego en Tampico y Guadalajara y recorrer, más tarde, durante dos o tres años, extensas zonas del país, entrando así en contacto con el habla popular, los peculiares dialectos, el comportamiento y el carácter de distintas regiones y grupos de población.

Esta vida viajera, este contacto con la múltiple realidad mexicana, fue fundamental en la elaboración de su obra literaria. Más tarde, y siempre en la misma Secretaría de Gobernación, fue trasladado al Archivo de Migración. Rulfo se ganó la vida en trabajos muy diversos: estuvo empleado en una compañía que fabricaba llantas de hule y también en algunas empresas privadas, tanto nacionales como extranjeras. Simultáneamente, dirigió y coordinó diversos trabajos para el Departamento Editorial del Instituto Nacional Indigenista y fue también asesor literario del Centro Mexicano de Escritores, institución que, en sus inicios, le había concedido una beca.

La obra de Juan Rulfo, pese a constar sólo de dos libros, le valió un general reconocimiento en todo el mundo de habla española, reconocimiento que se concretó en premios tan importantes como el Nacional de Letras (1970) y el Príncipe de Asturias de España (1983); fue traducida a numerosos idiomas. En 1953 apareció el primero de ellos, El llano en llamas, que incluía diecisiete narraciones (algunas de ellas situadas en la mítica Comala), que son verdaderas obras maestras de la producción cuentística.

Cuando, en 1955, aparece Pedro Páramo, la única novela que escribió Juan Rulfo, el acontecimiento señala el final de un lento proceso que ha ocupado al escritor durante años y que aglutina toda la riqueza y diversidad de su formación literaria. Una formación que ha asimilado deliberadamente las más diversas literaturas extranjeras, desde los modernos autores escandinavos, como Halldor Laxness y Knut Hamsun, hasta las producciones rusas o estadounidenses. Basta con acercarse a la novela, de estructura más poética que lógica, que ha sido tachada de confusa por algunos críticos, para comprender la paciente laboriosidad del autor, el minucioso trabajo que su redacción supuso y que le exigió rehacer numerosos párrafos, desechar páginas y páginas ya escritas.

Desde 1955, año de la aparición de Pedro Páramo, Rulfo anunció, varias veces y en épocas distintas, que estaba preparando un libro de relatos de inminente publicación, Días sin floresta, y otra novela titulada La cordillera, que pretendía ser la historia de una inexistente región de México desde el siglo XVI hasta nuestros días. Pero el autor no volvió a publicar libro alguno. En una entrevista de 1976, Rulfo confesó que la novela proyectada había terminado en la basura. De vez en cuando, algunos textos suyos aparecían en las páginas de las publicaciones periódicas dedicadas a la literatura. Así, en septiembre de 1959, la Revista Mexicana de Literatura publicó con el título de Un pedazo de noche un fragmento de un relato de tema urbano; mucho más tarde, en marzo de 1976, la revista ¡Siempre! incluía dos textos inéditos de Rulfo: una narración, El despojo, y el poema La fórmula secreta.

Pero esta escasa producción literaria ha servido de inspiración y base para una considerable floración de producciones cinematográficas, adaptaciones de cuentos y textos de Rulfo que se iniciaron, en 1955, con la película dirigida por Alfredo B. Crevenna, Talpa, cuyo guión es una adaptación de Edmundo Báez del cuento homónimo del escritor. Siguieron El despojo, dirigida por Antonio Reynoso (1960); Paloma herida, que, con argumento rulfiano, dirigió el mítico realizador mexicano Emilio Indio Fernández; El gallo de oro (1964), dirigida por Roberto Gavaldón, cuyo guión sobre una idea original del autor fue elaborado por Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. En 1972, Alberto Isaac dirigió y adaptó al cine dos cuentos de El llano en llamas y en 1976 se estrenó La Media Luna, película dirigida por José Bolaños que supone la segunda versión cinematográfica de la novela Pedro Páramo.

Fueron tantas las reacciones periodísticas y las notas necrológicas que se publicaron después de la muerte de Rulfo que con ellas se elaboró un libro titulado Los murmullos, antología periodística en torno a la muerte de Juan Rulfo. Póstumamente se recopilaron los artículos que el autor había publicado en 1981 en la revista Proceso.

Su obra


Hay en la literatura latinoamericana contemporánea una peculiar estirpe de creadores, un grupo de escritores que han sabido poner en pie un universo propio, característico, cerrado, inventando lugares fabulosos, ciudades que sirven de repetido paisaje para las historias que brotan de sus experiencias, de su mundo y de su imaginación. Paradigmático es, a este respecto, el caso de Macondo, el marco que el colombiano Gabriel García Márquez levantó para que los Buendía trenzaran su aprendizaje de la soledad; y no puede tampoco olvidarse la Santa María del uruguayo Juan Carlos Onetti.

Situados en una geografía reconocible y al mismo tiempo anónima, ambos lugares pueblan la difusa frontera que separa lo real de lo fantástico, un lugar que ocupa, también, la infernal Comala de Juan Rulfo, otro ejemplo de universo personal, levantado por el escritor para albergar a sus particulares criaturas. Macondo, Santamaría y Comala, lugares coherentes, reconocibles por sus rasgos peculiares y tan distintos entre sí, como lo son sus respectivos autores, tienen algo en común: son el espejo donde se reflejan características y ambientes que el escritor conoce muy bien.

Cuando apareció El llano en llamas, algunos críticos situaron a Rulfo, apresuradamente, como un escritor regionalista más. Sin embargo, sólo hizo falta esperar dos años para que, con la aparición de Pedro Páramo, se dieran cuenta de su error. El mundo fantasmal de la novela, la ruptura de las fronteras entre la vida y la muerte, mostraban a un escritor que había superado los cauces realistas y tradicionales de la novelística anterior e inauguraba la nueva narrativa mexicana, agotada ya la veta de la llamada novela de la revolución.

Y es que, dejando a un lado algunos textos para cine (que se incluyeron en la edición de su Obra completa en 1977), la producción de Juan Rulfo se reduce a esos dos libros, que forman sin embargo uno de los conjuntos más singulares de la narrativa latinoamericana. Temáticamente, ambas obras tienen un entronque regionalista, pero no incurren en un pintoresquismo local, sino que restituyen en su esencia la vida dura y marginal de la provincia. Por otra parte, el autor muestra una original asimilación de las técnicas de la moderna narrativa europea y norteamericana.

El llano en llamas

Los diecisiete cuentos que componen la colección El llano en llamas, de 1953, se centran en la miseria y la soledad del campo de Jalisco y, mediante una magistral recreación del habla campesina, revive en sus historias las relaciones entre los hombres y las de éstos y la tierra. Las narraciones de El llano en llamas giran todas, en efecto, en torno a la vida de los campesinos mexicanos; son cuentos breves, de extraordinaria y fecunda concisión, en cuyas escenas de intenso dramatismo palpita el hálito poético del autor plasmado en imágenes de brillante sensibilidad y en un estilo que reelabora y recrea el habla popular mexicana.

Pero, pese a esta última característica, que podría haber convertido a Rulfo en un escritor regionalista o costumbrista, la persistencia de sus temas esenciales, la obsesiva presencia de la soledad y la violencia, la confrontación con la muerte, el amor y el desamor, los secretos entresijos de la vida y de los hombres o los enigmas que pueblan las calles de Comala son una fulgurante parábola de lo humano, que trasciende el marco del nacionalismo literario y demuestran, de nuevo, que no hay fronteras para la creación.

En uno de los cuentos, titulado El hombre, se entrelazan distintas líneas temporales, de modo que un hombre que había acosado a otro hasta darle muerte y acabar también con su familia, se convierte luego en un ser perseguido y, dialogando con un invisible vengador, se contempla simultáneamente como víctima y verdugo. Hay en la narración un tono de pesadilla porque, como en esos sueños en los que intentamos correr sin conseguirlo, el hombre huye pero no logra nunca escapar. Siempre se ve obligado a volver atrás como si el horizonte le estuviera cerrado, como si no existiera más allá y el mundo fuera un lugar cerrado, donde la culpa adquiere el peso de un destino ineludible. Como él, los personajes de Rulfo nunca se liberan y su angustia los lanza a largos monólogos en los que el lector se ve abocado a adoptar el papel de confidente, de confesor que recoge las postreras palabras del condenado. En Talpa, otra de las narraciones incluidas en El llano en llamas, una pareja de adúlteros deja morir al marido mientras hacen el amor, y la figura del muerto se interpondrá luego constantemente entre ellos. La fría violencia presente en muchos de los relatos da fuerza y vigor a las narración, que unas veces tiene un toque de crueldad (El hombre, El llano en llamas) y otras de ácido sarcasmo (El día del derrumbe, Anacleto Morones).

Pedro Páramo

Publicada en 1955, Pedro Páramo recrea, en el espacio ficticio de Comala, la miseria y la soledad del mundo campesino de la infancia del autor, donde la degradación moral y física arrastra a la gente a la desesperanza y a la desorientación. El narrador y protagonista, Juan Preciado, cuenta cómo por encargo de su madre moribunda fue en busca de su padre, el cacique Pedro Páramo, a quien no conoce, y que ha llevado a Comala a la destrucción por su convulsa pasión por Susana San Juan.

"Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera." Así comienza la obra, marcada, a la vez, por la sencillez y espectralidad del lenguaje. El crítico mexicano Carlos Monsiváis dijo de Rulfo: "Un eje del mundo rulfiano es la religiosidad. Pero la idea determinante no es el más allá sino el aquí para siempre". Ya en las primeras páginas advierte que el lugar responde a una lógica fantasmal: "al cruzar una bocacalle vi una señora envuelta en su rebozo que desapareció como si no existiera".

El encuentro con un pueblo deshabitado y lleno de fantasmas le llena de pavor, y le introduce en un mundo irreal. Por boca de los muertos conoce los hechos sucedidos en Comala en vida de Pedro Páramo, cacique que, en un marco histórico que abarca desde el gobierno de Porfirio Díaz hasta el de Obregón, llevó hasta el límite los abusos de autoridad. Convertido en un nuevo Dante a las puertas del Infierno-Comala y conducido, como el autor de la Comedia, por una Beatriz que ha adoptado las apariencias de un mulero, Juan Preciado descubre ese ardiente valle donde todos los habitantes son hijos de Páramo, donde todos están muertos y la vida es sólo un recuerdo.

La historia de Pedro Páramo se va revelando mediante murmullos y entrevisiones de los fantasmas del pueblo, que a pesar de estar muertos y de guardarle rencor a Pedro Páramo, aún le tienen miedo. "Este pueblo lleno de ecos (...) Cuando caminas sientes que te están pisando los pasos. Oyes crujidos, risas." Pero la fantasmagórica realidad de Comala no es percibida de inmediato por el narrador; sólo lenta, muy lentamente, Juan Preciado advierte que está rodeado de cadáveres y muere, entonces, a su vez, abrumado por el peso insoportable del pasado.

La gran innovación de Pedro Páramo radica en su compleja construcción textual. El tiempo narrativo se fragmenta, ajeno a toda continuidad lógica, y se representa mediante la memoria y el designio íntimo de cada individuo, técnica que no aparecerá en otros escritores hispanoamericanos hasta la década de los sesenta. Juan Rulfo se convierte así, a pesar de su breve producción literaria, en uno de los primeros escritores latinoamericanos con clara conciencia de renovación de la novela, inspirada en su propia tradición y en figuras como Joyce, Proust o Faulkner.

Como en una magna sinfonía, donde los temas y las melodías se entremezclan y cabalgan dirigidas por una inflexible voluntad de orquestación, el texto prescinde de las separaciones por capítulos y se lanza a una construcción que incluye breves fragmentos, monólogos o diálogos, voces del pueblo cuyo origen el lector debe adivinar, para describir lo que Jean Franco ha calificado como "una búsqueda del Paraíso que termina en el Infierno de Comala". La novela se construye en el límite entre lo real y lo fantástico, y en esa ambigüedad en la que las fronteras se han borrado se proyectan tanto la huella de un sustrato indígena como las consecuencias histórico-sociales de la revolución mexicana, representadas por la violencia, el odio, la venganza generalizada y el abandono de la tierra.

Cada uno de los personajes de la narración, el cacique Pedro Páramo, asesino y ladrón, Susana, el padre Rentería, Fulgor Sedano y tantos otros, son figuras emblemáticas cuyos rasgos, de oscura e inquietante intensidad, han pasado ya a la historia de la literatura universal; aunque, como ya se ha dicho, el protagonista principal de la novela, como de otras narraciones de Rulfo, es el marco donde la acción transcurre, el universo mítico de Comala donde nacen y mueren las ansias y los ardores de sus habitantes, un "lugar sobre brasas" que se convierte en inolvidable metáfora de un mundo de soledad y opresión, cruel y tierno, pasional o interesado.

La enigmática historia de Pedro Páramo y su prosa llena de oscuros simbolismos han generado, como es lógico, una ingente cantidad de interpretaciones y han sido campo abonado para que los estudiosos buscaran significaciones ocultas, metáforas, lanzándose a una fecunda tarea de elucidación; la crítica se ha inclinado sobre sus páginas, y sin duda seguirá haciéndolo durante mucho tiempo, para interrogarlas con la esperanza de sacar a la luz un significado unívoco. Sin embargo, el propio Juan Rulfo dijo de ella: "En realidad es la historia de un pueblo que va muriendo por sí mismo. No lo mata nada. No lo mata nadie", una interpretación que parecerá demasiado simplista a quienes, empeñados en una paciente labor investigadora, olviden que cualquier novela es, en verdad, la obra de sus lectores y que, por lo tanto, en sus páginas pueden encontrarse todos los universos.


VÍDEOS DE Juan Rulfo:

A continuación podemos ver un vídeo de Juan Rulfo :





FOTOS DE Juan Rulfo:

  

OBRAS DE Juan Rulfo:

  • Nos han dado la tierra (1945).
  • El llano en llamas (1953).
  • ¡Diles que no me maten! (1955).
  • ¿No oyes ladrar a los perros?
  • Pedro Páramo (1955).
  • El gallo de oro y otros textos para cine (1980).
  • Juan Rulfo (1980).
  • Inframundo, el México de Juan Rulfo (1983).
  • Los Cuadernos de Juan Rulfo (1994).
  • Aire de las colinas (2000).

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